martes, 3 de septiembre de 2013

Historia de la Ciudad de Guatemala y sus Traslados



LA CIUDAD DE GUATEMALA

El día lunes 25 de julio del año 1524, el capitán don Pedro de Alvarado, después de haber recorrido el país con sus armas victoriosas y cometiendo excesos y crueldades de que la historia lo acusa y la humanidad se duele, dispuso, según opinión autorizada  de historiadores modernos, hacer pié firme en Iximché y fundar allí a nombre del rey de España, su señor, la capital de los dominios que acababa de conquistar y de los que en adelante subyugaría.

Iximché, lugar en el que se fundo por primera vez la
cuidad de Santiago de los Caballeros de Guatemala

Con ese objetivo convocó a todos sus valientes, en aquel día memorable de nuestra historia.

"Se armaron todos -dice un antiguo cronista- y se pusieron en forma de ejército que marcha a pelear con sus enemigos, a son de tambores, pífanos y chirimías, y al ruido de arcabuces y mosquetes. Resplandecían los arneses, tremolaban las plumas en el aíre de la mañana, lozaneábanse los caballos enjaezados y encubertados con paireles de oro y seda. Parecían bien la joyas y planchas de oro que sacaban los soldados, que iban alegres y contentos, de este modo, a oír misa oficiada por ellos mismos y celebrada por el padre Juan Godínez, capellán del ejército".

Concluido este religioso deber, tan al gusto de aquellos tiempos, se procedió a la fundación de la nueva villa, que, lo mismo que su iglesia, se puso bajo la advocación de Santiago Apóstol.

Don Pedro de Alvarado,
Fundador de la villa y posterior
Ciudad de Guatemala.

Procedió en seguida el Adelantado a constituir el ayuntamiento, nombrando él mismo a Diego de Rojas y Baltasar de Mendoza, como alcaldes, y a don Pedro y Hermán Carrillo, en concepto de regidores; y, todos juntos, eligieron por escribano del cabildo a Alonso de Reguera.

El 12 de agosto del mismo año se recibieron como vecinos cien españoles, cuyos nombres se conservan en el acta del cabildo de aquel día; de sus linajes y descendencia habla Fuentes y Guzmán, en uno de los capítulos de su Recordación Florida.

Pocos días conservó  aquel centro de población el título de villa, porque el quinto, o sea el 29 de julio del indicado año, ya se le bautizó con el pomposo de ciudad: así la nombra el escribano en el acta de cabildo de esa fecha. Y digo pomposo,  porque a hablar la verdad, aquello no era más que un centenar de ranchos con techos de pajizos, fabricados sin orden ni concierto, que se hallaban diseminados en el hermoso valle.

No se sabe qué motivo hubo para trasladar la ciudad naciente a otro sitio (1); pero es lo cierto que el 22 de noviembre de 1527, día de Santa Cecilia, el teniente gobernador, don Jorge de Alvarado (en ausencia de su hermano, que se hallaba viajando por España), fundó nueva ciudad en Almolonga.

Se reunieron, en pláticas, todos los vecinos, y como les pareciera bueno el punto donde se hallaban, después de haber estudiado otros, don Jorge, con la rudeza del soldado, dijo al escribano: "Asentá escribano que yo por virtud de los poderes que tengo de los gobernadores de Su Majestad, con acuerdo y parecer de los alcaldes y regidores que están presentes, (que no eran todos) asiento y pueblo aquí en este sitio ciudad de Santiago, el cual dicho sitio es término de la providencia de Guatimala.". (Digno de estudiarse es el cambio de las vocales del nombre de nuestro país, durante los tres primeros siglos de su existencia. Llamáronle los conquistadores Guatimala; a fines del siglo pasado (2) llevaba el nombre de Goathemala, y hoy la conocemos con el de Guatemala. Quienes hayan autorizado esos cambios filológicos, seria una cuestión que no carecería de interés para nuestros gramáticos e historiadores.

Alvarado mandó enseguida trazar las calles de la nueva ciudad, en dirección norte a sur y de este a oeste. Colocó la plaza en el centro y dispuso que dando a ella se fabricase la iglesia, bajo la advocación del Señor Santiago, prometiéndole festejarlo "con vísperas y su misa solemne, conforme a la tierra y al aparejo de ella, y más que la regocijarémos con toros, cuando los haya, y con fuegas de cañas y otros placeres".

Hizo más: señaló sitio para un hospital, en donde "los pobres peregrinos fuesen acogidos y curados"; otro para una capilla y oratorio de Nuestra Señora de los Remedios; cuatro más para un cabido, cárcel pública y propios de la ciudad.

Para terminar el acto, echó mano de un madero e hincándolo en la tierra dijo: "que por allí aprendía la dicha posesión", la cual juraron todos los presentes,que según parece, no eran muchos, como ya se ha dicho.

Poco a poco fueron acercándose los remisos y rezagados, pues, se lee en las actas sucesivas, varios de los vecinos de la primitiva ciudad solicitaron incorporarse a la nueva, dándoseles solares para que construyesen sus casas. Curiosas de leer son las actas de aquellos tiempos, las cuales nos dan idea del precio de los artículos de primera necesidad. Todo se sometía entonces a tasa, en lo relativo a los oficios manuales, quizá porque los artesanos, abusando, exigiesen altos precios. Como ejemplo, vayan unos pocos de los que decretó el cabildo de 1528. Dispone que los herradores cobren lo siguiente:

   Por herrar un caballo de pies y manos, dándoles el herraje, medio peso.
   Por sangrallo, otro medio peso.
   Por cargallo, un peso.
   Por sacar unos colmillos, dos pesos.

EL HERRERO

   Por hacer cien clavos, dándole hierro, un peso; y si lo pusiere el herrero, dos pesos.
   Por hacer un tornillo o un alacrán, un tomín.
   Por un cuchillo grande, dándole hierro y acero, dos pesos.
   Por calzar un hacha, dándole el acero, cinco reales.
   Por calzar un azadón, pico y boca, un peso.
   
ZAPATERO

   Por hechura de unos zapatos, dándole el cuero, un peso.
   Por hechura de unas soletas y pega, medio peso.

SASTRE

   Por hechura de un sayo llano, un peso.
   Por una capa llana, peso y medio.
   Por un jubón llano, medio peso.
   Por hechura de un jubón pespuntado, dos pesos.
   Por hechura de unas calzas, cuatro reales.
   Por hechura de un bonete, cuatro reales.
   Por hechura de una chamarra, peso y medio.

EL PREGONERO

   Por meter en cabildo una petición, un tomín.
   Por llamar una persona dentro del pueblo, dos tomines.
   Por pregonar una cosa perdida, los cuatro pregones acostumbrados, un peso.
   Por carcelaje de un hombre que no durmiere en la cárcel, medio peso; y si durmiere, un peso, sin quitarle al alguacil mayor de la parte que en ello hubiere.

Como el objeto principal de este libro no es el estudio de la Colonia, en su parte material, me abstengo de hablar de los gremios y cofradías reglamentados por leyes especiales, desde los primeros tiempos: en los artículos de tales leyes bien pudiera estudiarse el sistema autoritario y absorbente de la Colonia, que se entrometía hasta en los menores detalles, para el ejercicio de las artes manuales. El archivo de la Sociedad Económica y otros muchos documentos que posee la Biblioteca Nacional, suministran bastante luz para el que quiera ocuparse en el estudio de la industria de este país, en sus primeros tiempos.

Sigamos con la ciudad. Almolonga, en cuanto a posición y belleza, nada tiene que envidiar a los más afamados parajes del mundo; pero tiene cerca de sí dos vecinos temibles. Le sirven de contrafuertes para los vientos del sur; la embellecen con sus moles majestuosas; la alimentan con infinidad de productos que se cosechan en sus faldas fecundas. Allí el curioso puede ver multitud de cascadas sonoras, cuyas aguas reuniéndose en concavidades misteriosas forman fuentes como para Nereidas. Allí hay sitios pintorescos que dominan el valle, y donde pudieran edificarse villas y casas de recreo; y, en fin, todo lo que necesita una ciudad para llegar a ser un emporio de riquezas y alegrías.

El volcán de Agua, llamado en la lengua indígena Hunahpuh, significa "ramillete de flores". 

Pues aquel nido encantador escogieron los españoles para la futura gran capital del nuevo reino que fundaban.

El número de habitantes creció asombrosamente: iglesias, palacios, el cabildo, el hospital; todo surgió de la tierra, como por encanto.

Aquella ciudad, perdida en esta soledad de América, dió abrigo a una noble dama de la familia de los Alburquerques, que, rodeada de una corte de doncellas de noble origen, vino de España en 1539, casada con el Adelantado (3).

Alvarado era rumboso en todo, y no le iba en zaga su mujer. Poseía  en conquistador cuarenta mil indios esclavos que trabajaban en las minas de su pertenencia, para saciar su codicia y cubrir sus cuantiosos gastos. Vivía en palacio suntuoso, servido por infinidad de criados, de los cuales tenía designados sólo para su servicio personal, doce hombres, fuera de los reposteros, caballerizos, atabaleros y mozos pinches, que eran muchos más. Su esposa estaba servida por doce doncellas españolas, y daba el tono en aquella corte de hidalgos finchados que, se supone, no querían quedarse atrás en las fiestas aparatosas del palacio.

Dice Ramesal, "que las joyas que poseía la señora, eran tan numerosas y ricas, que no las tendría más ni mejores, un grande de España de muy distinguida casa".

Alvarado dejó su esposa en Guatemala en 1541, y emprendió la jornada a las Islas de las Especiería. Sabemos cuán fatal fue ese viaje para él, pues encontró la muerte en México peleando contra los indios en ayuda de sus compatriotas, quienes habían solicitado su auxilio. Sabemos, también, el dolor y los excesos a que se entregó su viuda al saber la triste nueva.

Catorce años contaba la ciudad cuando en una hora triste, el volcán de Agua, vecino, abrió sus fauces, dejando salir de ellas torrentes de agua que inundaron la ciudad, arrastraron las casas y se llevaron a setecientos españoles, entre ellos a doña Beatriz de la Cueva, a doña Anica, hija natural de Alvarado, a veinte de sus doncellas y a multitud de indios y negros cuyo número no se llegó a saber.

Amedrentados los supervivientes a la catástrofe, dispusieron correrse una legua más al norte donde se encuentra el valle de Panchoy, y allí fundaron la tercera ciudad española, capital del reino, la cual se conoce con el nombre de la Antigua.

La "Muy noble y muy leal, ciudad de
Santiago de los Caballeros de Guatemala" 

Fue esta ciudad, hoy arruinada (4), la cuna de nuestros mayores y el orgullo de la América Central, en donde se desarrolló esa civilización, y cuyo estudio es el objeto de este libro.

Allí se fundaron la Universidad y los colegios de San Borja y Santo Tomas; allí brotó la imprenta y vió la luz nuestro primer periódico; allí vivió, murió y esta enterrado Bernal Díaz; Las Casas vivificó aquel ambiente con su aliento; Marroquín la ilustró con su ejemplo apostólico; y todos nuestros grandes hombres históricos, como Landivar y la pléyade de los cronistas, se afanaron en alabarla, cantar sus magnificencias y escribir su historia. Porque, en efecto, aquella ciudad era digna de toda alabanza.

En nuestro hemisferio no tenía sino una sola rival: México, que la superaba; mas nuestra Guatemala era superior a Buenos Aires, Lima, Santiago de Chile y Nueva York.

Cuando Gage la visitó a principios del siglo XVII ya la encontró bella y rica; en su curiosa obra (5), nos habla este autor de la magnificencia de sus templos, de la abundancia de toda clase de comestibles, de algunos comerciantes, ricos hasta millonarios y de algunos de los barrios de la ciudad que, como Santo Domingo, estaban llenos de almacenes, tiendas y casas nuevas.

Mas, cuando llegó a su apogeo, fue en los días en que Fuentes y Guzmán escribió su historia. Hasta entonces no había habido los terremotos que la sepultaron en ruinas.

La Antigua Guatemala en el valle de Panchoy

En 1686, a los ciento cuarenta y siete años de su fundación en el valle de Panchoy, estaba dividida en quince barrios, llamados de San Francisco, San Sebastián, Jocotenango, San Felipe, Santiago, Santo Domingo, Candelaria, Santa Cruz, Tortuguero, Pamputic, Manchén, San Jerónimo, Espíritu Santo, La Chácara,  y Chipilapa.

La adornaban varios palacios, como el de la audiencia, el episcopal y el del cabildo; una hermosa catedral, de ciento cinco varas de largo, con cinco naves  llenas de riquezas artísticas, como vasos de metales preciosos, arañas de plata, pinturas de maestros célebres, y efigies de santos, de gran valor artístico. Existían, además de la metropolitana, tres iglesias parroquiales, diez suntuosos conventos de frailes, veinticuatro templos, cuatro beaterios y seis hospitales.

Una plaza, ocho cárceles, veintidós puentes públicos, dos colegios, una universidad, tres boticas, y multitud de suntuosas casas, habitadas por sesenta mil vecinos, según el cómputo de Fuentes y Guzmán.

La ciudad se vió perseguida por una larga seria de temblores, a cuales más destructores. Solamente en el siglo XVIII hubo los siguientes: el del 27 de agosto de 1717, que destruyó muchos edificios públicos; el del 749, el del 751, uno de los más terribles que afligiera a la ciudad, y que produjo tal pánico, que sus moradores la abandonaron, dejándola desierta; los de 757 y 761; y por último, en el año 1773, la arruino de tal modo, que sus habitantes se decidieron, esta vez, a cambiar de sitio, trasladándose a este valle de la Ermita, en donde nos ha tocado en suerte nacer.

Nuestra capital es, pues, relativamente moderna: ciento veinte años nada cuestan en la vida de una ciudad(6), y sin embargo de su relativa juventud, podemos, los guatemaltecos, estar orgullosos de ella.

La Nueva Guatemala de la Asunción en el valle de la Ermita

La época monarcal y de fe nos ha dejado innumerables templos, algunos de mérito positivo, como la Catedral, San Francisco, La Merced y Santo Domíngo; el gobierno ha levantado algunos monumentos de utilidad, en cuanto lo han permitido las rentas que, desgraciadamente, en otro tiempo, se empleaban en las revoluciones y guerras con los países vecinos.

Afortunadamente, la edad de la razón ha clareado en nuestro país. Un espíritu de orden y de trabajo predomina entre nuestros compatriotas; y merced a él, Guatemala se ha desarrollado y se desarrolla en todo sentido, no faltándonos nada, ni en lo intelectual ni en lo material, de lo que constituye la civilización moderna.

Nuestra ciudad en la actualidad


Ramón A. Salazar
 Historia del Desenvolvimiento Intelectual de Guatemala
Editorial del Ministerio de Educación Pública
1951

1. Luego de fundada la capital en Iximché, levantamientos indígenas crearon tanta inestabilidad que "el campamento" capitalino llegó incluso a la ciudad quiché de Xepán, hoy Olintepeque, en el departamento de Quetzaltenango, hasta lograr asentarse finalmente en el valle de Almolonga.

2. El autor del artículo escribió esta obra en el último decenio del siglo XIX, se refiere, por tanto, a finales del siglo XVIII.

3. Se refiere el autor a doña Beatriz de la Cueva, la sinventura.

4. Idem no.2

5. La obra de la que se hace referencia es Los viajes de Tomás Gage en la Nueva España.

6. Idem no.2

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