lunes, 12 de agosto de 2013

La Lente Opaca, Flavio Herrera, Simona

La Lente Opaca, Flavio Herrera

SIMONA

Volvía de Europa Eduardo tras diez años de ausencia. Diez años en que su atolondrado rastacuerismo rodó de país en país sin ningún objetivo edificante. Obseso únicamente por moceriles aventuras y porque la paternal munificencia constante renovadora de los depósitos en los bancos garantizando los despilfarros del granuja.

Apenas si, de tarde en tarde, presuroso garrapateaba dos lineas para la madre que, aquí en América, languidecía en la ausencia. Eran dos lineas de un sentimentalismo forzado y ramplón en que exaltaba el dolor de esta ausencia y columbraba la felicidad del retorno al regazo materno... pero más tarde, cuando se concluyeran los estudios... que Eduardo seguía asiduamente por todos los cabarets de Montmartre.

Pero un día salió de su atolondramiento sintiendo que el mundo se le desquiciaba. Un cable fatal comentaba el fracaso de su vida holgazana y feliz. Su padre había muerto y la madre lo llamaba recordándole su responsabilidad de único hijo varón en el hogar dolorido.

Streamer
Lloró. No tanto por el padre cuyo recuerdo le esfumaba la pátina de diez años de ausencia. Lloró más por el sesgo que la fatalidad daba a su vida futura. Cuando, a bordo del Steamer que lo volvía a América, oyó los pitazos de zarpe y sintió la pulsación sorda y profunda del vapor en marcha, cuando se vio ondear melancólicamente cien pañuelos amigos que lo despedían en los muelles, una sensación inenarrable, un dolor agudísimo le echó largo rato sobre la borda sollozando, como si Europa se le hubiese corporizado en las entrañas y ahora se le arrancara bruscamente, y muchos días, sin salir del camarote, pasose humedeciendo con besos y lágrimas el retrato de Nette, una linda cocota de allá en París le chupaba el vigor y los bolsillos.

Hasta que en su mente obcecada la reflexión se fue filtrando como rayo a través de un nublado. Ya pensaba en la madre. Un sentimiento filial y profundo surgía mitigándole la amargura del regreso. La idea del ser débil a quien él fuera a amparar. Luego, la prole. Cuatro suaves hermanitas que le esperarían... Y en las noches de a bordo, sobre el jadeo del mar iba su insomnio delirante forjando planes grandiosos... Asumir la responsabilidad doméstica, aprestarse a la lucha con viril fortaleza, redimir deudas y un día, rico, feliz y para siempre volver a Europa donde los brazos de la Nette le esperarían para ceñirse a su cuello a guisa de guirnalda de triunfo.

*

Eduardo se convencía con tristeza de la situación económica de la casa. ¡Cómo él pudo ignorarla tanto tiempo! y en silencio, con lágrimas profundas santificó y admiró la prodigalidad paterna que durante diez años cubriera estoicamente sus excesos sin hablarle jamas de restricciones ni penurias, Ahora sabía la dolorosa evidencia. Las sumas acrecían macabramente el pasivo y en legajos de papeles y en los libros fue conociendo la historia de aquella decadencia. Las rentas, ahora exiguas ya que los terremotos desplomaron las casas, las veinte casas de los abuelos. Volvió la mente a las finas. Pensó que allá en las sierras quedaba algo: dos fincas en abandono y apenas recordadas de tarde en tarde por algún informe de administradores rapaces que vivían esquilmando los predios.

En los últimos años, el padre se marchó a las sierras. Levató créditos; renovó siembras: montó trapiches y acopió colonos. Un fragor dinámico conmovía la paz agreste. Donde hubo antes silencio y olvido luego zumbaba un rumor de enjambres. La familia toda fuese también a vivir a la montaña, a Cuyulán, una de las fincas. Allá, medio derruido quedaba un chalet que el celo paternal refaccionó con empeño y amor, porque allá vivió el padre veinte años atrás, al transcurrir su inquieto mocerío. Cuando el abuelo adusto y educado en Inglaterra buscó para el hijo el consorcio de la tierra por avezarlo a la rudeza de la vida agreste créandole la aptitud de presidir un día la colonia y los cultivos.

Luego, tras efímera incremencia, la baja del café, del azúcar... La crisis. Y los créditos enormes; las propiedades comidas de hipotecas; los intereses, el fantasma de los intereses creciendo, siempre creciendo y devorando el capital inexorablemente. Era cardiaco y una mañana le encontraron muerto sobre la carta de un acreedor que cobraba réditos con torpes amenazas de ejecución.

Eduardo calculó, liquidó mentalmente y sintióse un tanto feliz pensando que la mitad de los bienes redimiría las deudas y que luchando, trabajando podía volverse a flote. Sentía  despertársele algo hasta entonces adormido en él; algo noble y recóndito, un sentimiento grato y solemne de responsabilidad ante la madre aniquilada de dolor, medrosa ante la quiebra; ante las hermanas inocentes del riesgo circulante y entonces el sentimiento de su juventud plena dábale una aptitud total frente a las solicitaciones de la vida fecunda y muchas veces, a solas en su escritorio, templaba los puños y adelantaba el pecho en gesto de eficiencia y decisión mientras ideaba proyectos fabulosos.

Para el éxito de sus planes, él mismo administraría las fincas saneadas. Iríase  al campo. Presintió muy hondo el golpe de esa trasposición tan ruda y triste. ¡París... La selva! Una finca perdida en las montañas. Todo el cuadro salvaje. La vida criolla; los indios; la convivencia con gentes safias y violentas; el contacto con la jayanería de los contornosen fin, ¡la muerte! y apenas si mitigaba el ardor de esta vida la idea obsesora del viaje soñado, ¡el viaje definitivo que remataría sus éxitos agrarios y hasta entonces vivir su vida otra vez!

Y fuese a Cuyulán. Atraíale el nombre sonoro y abierto como una clarinada, que, en sus sueños agrarios había también un épico concurso de fuerza y de victoria. ¡Cuyulán! En un repecho de montes dormidos entre el dinámico abrazo de dos ríos. En las noches oía rodar sobre las selvas la serenata de las aguas meciendole el alma en una melancolía salvaje. Y fatigado, satisfecho tras un día de acción fecunda, dormíase en alguna hamaca de los corredores, frente a la sierra maternal y solemne hasta por la calvicie milenaria de las cúspides que besaban las nubes.

A la inconformidad de los primeros días, en el ánimo de Eduardo sucedía una resignada tristeza. Lenta y suave conformidad le invadiera al interesarse por las cosas circulantes. Las siembras... el augurio de cosechas felices... algún colono herido. Los mil incidentes cotidianos. Y sin sentirlo, corridos unos meses, estaba Eduardo hallado en su nueva situación. Ya, se dijo: "En la vida todo es asunto de costumbre... Y entonces Europa... París... el fausto pretérito... Los recuerdos felices...". Las horas románticas perdían en su mente la fuerza punzadora suavizándose en una impresión vaga y lejana como de cosas entrevistas en la palidez de una lectura o en el borroso limbo de algún sueño.

Además, esta vida salvaje no carecía de atracciones. Las partidas de caza; las pesquerías fecundas en la prodigalidad de los ríos y algo más que la aromaba la rusticidad de las horas. Los domingos había dado en echarse por el pueblo. Aquel poblacho, nido de sordidez y chismorreos, escondía para Eduardo una atracción romántica. Descubrió dos o tres bellezas silvestres que por verle pasar en su jaca* mora, asomábanse a las ventanas con las caritas embobadas y el alma en las pupilas.

¡Pero si hasta en la propia finca había! Al pronto Eduardo no reparó en ellas. Las conoció en un sábado cuando el pago de jornales congregó a la colonia en la finca central.

Fresca belleza, la cerril lozanía
Con ojos de pasmo, Eduardo contemplaba la fresca belleza, la cerril lozanía de Simona, hija del tejedor; de Isabel y María que, como las vírgenes del cuento, eran, la una morena; rubia y exótica la otra; de Candelaria: de veinte más. Todas frescas y agraciadas como frutas en sazón; pero de todas, la suprema, la que sacudía los gastados nervios de Eduardo, era Simona. Oriunda de la finca. Allí naciera veinte años atrás, cuando él, de fijo. entretenía sus ocios de rapaz jugando el trompo y la pelota. ¡Simona! flor de la serranía. ¡Esbelta, blonda, felina y con el incendio del trópico en las pupilas!

Eduardo comenzó a requebrar a Simona en cuanto la ocasión se la puso cerca, iba y venía de Cuyulán al Pino para verla. Una cosa pueril, el más fútil motivo dábale pretexto para su viaje. El deseo de la sierva obsedía al amo con ímpetu creciente. Un día ordenó a Tomás, el mayordomo,  la traslación del tejedor y su familia a Cuyulán. Allá en el Pino las viviendas eran sórdidas y viejas; aquí nuevas y claras, para abrigo del cuerpo y efusión del ánimo.

Y así, se cercaba el buitre a la paloma, porque Eduardo, atisbándola, daba idea de esas aves de presa que con voraz delectación vuelan sobre la víctima en grandes círculos antes de atraparla.

Ya el padre de Simona, caduco y cegatón, no trabajaba. Desde que vino Eduardo a la finca gozó de privilegios cobrando méritos de antiguo servidor. Con los primeros colonos había llegado a Cuyulán. Entonces no era tejedor. Desbrozó campos y sembró cafetos y fue después, cuando la finca floreció, se pobló y urbanizose en la intensidad del vértigo agrícola, que el viejo, fatigado, cambió el machete por el telar y las agujas, sintiéndose solidario del éxito y con derecho al reposo. La madre de Simona conserva vestigios de hermosura pretérita. Era de tipo aquilino y señoril y según ella, de niña, vistió seda y rozó con "gente", pero venida a menos, casó con un artesano sin trabajo que un día desesperado se enroló en la colina de Cuyulán.

Y este hogar minúsculo se instaló en una casa fresca y nuevecita, construida exprofeso frente al chalet del amo, señor don Eduardo...

Sucedíanse a diario las concesiones y preferencias. Se disponía que el tejedor devengase doble salario en premio a su añeja fidelidad. Se proveía al tejedor de los graneros. Cuanto en la finca se mataba res, naturalmente las primicias eran de Simona.

Comenzaron rumores y bisbiceos. Algunos colonos rezongaban mirando con mal ojo a los privilegiados. Corrían chismes, pero Eduardo, con la obsesión de la muchacha, no reparó en nada. A menudo, pensando en ella, tenía íntimos azoramientos. ¡Aquella su timidez con una campesina...! ¡El, todo un señor civilizado que en la supercivilizada Europa... que en los cabarets...! Así, su gentil desenfado de otros días fracasaba cómicamente ante la rusticidad de una ardillita. ¿Amor? ¡Qué  estupidez! Pero, ¿entonces...? Y resistía el análisis. ¿Qué iba a saber la causa? Mas se iba convenciendo que nunca podría ser lo que pensara. Ante Simona sentíase tímido, débil, con dulce timidez solo sentída allá en la ingenua adolescencia, cuando por vez primera oprimió la mano a la primera novia.

Y, ¡cuántas ocasiones! A menudo la encontraba sola en algún paraje. en los cafetales..., en la vega del río cuando Simona iba a lavar las ropas. Premeditaba el asalto, decidiase en ímpetu heroico, aproximábase soltándole un requiebro... desgairada y gentil, la muchacha se le encaraba sonriendo. Sucedía entonces algo ridículo. El se azoraba de súbito, sobrecogido de una vaga emoción... de respeto... de éxtasis ante el garboso desenfado de Simona y se alejaba corrido, casi humillado, sintiéndose torpe y repitiendo para sí, mentalmente el verso del clásico soneto: "fuese y no hubo nada...".

Hizo un día en intento supremo. Tendido en la hamaca vio pasar a Simona rumbo al río Le hiciera cobrar ánimos un vaso de whisky tomado al intento. Esperó unos instantes el efecto del alcohol y presto echose al monte tras Simona. El incendio solar le encendía la sangre; zumbábale las sienes con zumbido irónico y persistente. Sentía esponjamiento de sus fibras mordidas de lujuria. Mientras ganaba el atajo del río imaginábase a Simona desnuda. Adivinaba vírgenes blancuras,  palpitantes morbideces ocultas siempre a sus ojos tras la procacidad de unas ropas baratas. A menudo se detenía saboreando el triunfo, mientras dilataba las narices aspirando en el aire un ilusorio aroma de mujer. Iba henchido de valor y audacia y ahora sería el lance. Llegóse junto a la muchacha que, dándole espaldas lavaba en el río con las sayas remangadas y el agua hasta la pantorrilla airosa y regordeta. Un instante tuvo impulso de asaltarla por detrás, sin palabras, brutalmente como los sátiros en las selvas panidas. En eso Simona, sintiendo sus pasos, volviose ágilmente y, erguida, sonreía enseñando los dientes purísimos.

Franca y provocativa
-Simona...
-Don Eduardo...
-¿Qué haces aquí...?
-Ya lo ve, lavando...
-¿Y no te da miedo?
-¿Miedo de qué...?
-De estar sola... Si alguno...

La muchacha le miraba confusa, sin comprender. Luego alzó los hombros desdeñosa y sonrió otra vez.

El sesgó la plática.

-Dime Simona, ¿tienes novio?
-No don Eduardo, no tengo.
-Es raro. ¿No te enamora nadie de los alrededores? Por acá hay buenos muchachos. Aquí mismo Benjamín... Ventura...

Ella soltó el trapo a reír y remató:

-¡Un par de zonzos!

Eduardo recordó los tufos de la madre viendo a Simona contraer el rostro en mohín de vanidad ofendida.

Mientras hablaba, Eduardo sentía apagársele en las venas el ardor efímero del alcohol; humillarse su lujuria ante aquella gracia pura, aquella ingenua sencillez que le exaltaba un sentimiento delicado. ¡Su hidalga gentileza! La que en la vida hiciérale repudiar los gestos violentos, las situaciones grotescas porque, hasta en el lecho de las mercenarias, su aristocracia espiritual disfrazaba siempre la violencia del instinto, la brutalidad del macho con algún suave artificio. Aquí renacería esta delicadeza sintiendo por Simona algo confuso... ternura... admiración... ¡tal vez amor! Extático, sembrado en la arena, mirábala sonreir franca y provocativa. Mirábala ondular, palpitar. El sol meridiano irradiaba en los negros ojazos de Simona y a él bullíale en la sangre, pero ya en él se había despertado el esteta borrándole todo pensamiento lascivo. Imaginaba la gloria del cuerpo trigueño y perfecto, preso en un corpiño y en unas sayas burdas, pero ya él era impotente. ¡Ni el ánimo de insinuar una caricia! Sentía la inción del fanático ante el ídolo y por extrañas cerebraciones iba de su ridícula situación del momento al recuerdo de audacias pretéritas, ¡la cínica audacia de otros días que le decidiera el éxito en cien aventuras mujeriegas! Mudo, inmóvil, veíala torcer la ropa, hacinarla en la palangana y por fin vila partir hacia el poblado mientras, a guisa de broma, ella le dijo, subiendo el atajo:

-¿Se queda usted para bañarse?

¡Qué situación ridícula! estaba derrengado. Sentía el deseo punzante de arturdirse, de emborracharse. En efímera rebeldía exclamó:

-Pero ¿seré tan bestia de enamorarme de Simona?

Luego pensó en el pueblo, en las muchachas que le sonreían viéndole rayar la jaca en las esquinas. Subio el chalet. Montó y partió...

*

Anochecido ya, volvió a la finca. Cuando la laca traspuso la puerta de campo, los perros que avizoraban en la sombra, cortaron el silencio con fieros ladridos.

El mayordomo sostuvo en estribo al amo que volvió borracho del pueblo. Cuando se hubo apeado llamó aparte a Tomás.

-Ve Tomás, quiero hablarte.
-Voy, patrón.

Lo introdujo en su dormitorio, preguntándole;

-¿Está el tejedor?
-No, señor, salió esta tarde y no ha vuelto. Lo vieron borracho con un caporal en la orilla de pueblo.
-¿Y la madre?
-Tampoco está. Se iría a rezar a Remedios. Hoy acaba la novena y habrá fiesta.
-¿Y por qué no se llevo a Simona?
-Quién sabe... Estará allí José María que la corteja.
-Entonces, ¿Simona está sola?
-Sí señor...

Cruzaron amo y siervo una mirada en que se escudriñaban.

Eduardo, cohibido, no sabía cómo empezar. La borrachera le embrollaba la mente en que se removían ondas de turbios deseos como las aguas de un légamo hediondo.

-Es que... Tú sabes... Simona... Es bonita, ¿verdad? y a mí me gusta. Ya te habrás dado cuenta... pero no quiero ir al rancho. Anda tú a ver si está y le dices que venga... ¡que la llamo yo!

El mayordomo quedó sembrado en el sitio; el ebrio repetía:

-¿No óiste, Tomás? Qué borracho estoy, ¿verdad? -y se tambaleaba silabeando:
-Anda a llamar a Simona... que venga... te la traes si no quiere...

Tomás balbuceaba perplejo, indeciso. Algo quería decir y se le aturullaba en la garganta.

El amo le injurió:

-¡Bestia! ¿No has óido? ¿O es que no me obedeces? ¡An... da.... a... lla... mar... a... Si... mo... naaa...!

Tomás aventuró con voz temblona y opaca:

-Pero señor, ¡la Simona! Pero ¿no sabe usted...? ¿Nunca le han contado?

Y el otro impaciente:

-Le han contado ¿qué?

-Nosotros, mi mujer y yo creímos que... que usted ya lo sabía... y como vemos las preferencias... y el tejedor no trabaja y usted ordeno que se le diera carne y maíz de la finca...
-¿Y a que viene todo esto?
-Viene, señor, a que... Perdóneme pero aquí se dice que... creí que usted ya lo había óido...
-¡Pero qué se dice, animal!
-Con perdón de usted, señor, pero se dice que... En fin, que la Simona es hermana de usted, porque su papá, que en paz descanse... Dispense patrón pero ahora no hay más que decírselo... Pensé que usted lo sabía... que las referencias...

Sintiéndose pequeño, mezquino...
Eduardo vibró como fulminado. Mordíase la lengua; hundíase en la carne las uñas para convencerse de la realidad de la escena. ¡Simona su hermana! un puño le cerraba el cuello y le cortaba la voz. El pasmo le inmovilizaba, Humillada la cabeza como una bestia rendida, sintiéndose pequeño, mezquino, despreciable, Se palpaba  creyéndose alucinado, mientras la imagen del padre desfilaba en su memoria, grotesca y bestial. De pronto irguiose incrédulo y altanero y encarándose al siervo, lo sondeó:

-Pero, ¿sabes tú que sea cierto?, ¿quiénes dicen eso?, ¿quién lo asegura?
-Señor, lo dicen todos, es público... Dispénseme señor, pero también yo creo... Por aquel tiempo yo estaba en la finca... me acuerdo de muchas cosas. Su difunto padre... el tejedor iba siempre a traer ganado a tierras fría, y... Cuando usted vino hasta dijeron que se parecía a Simona.
-¡Basta!

Las palabras, convincentes, fatales, caíanle en el alma como algo congelante. Alguien le habló algún día de aquel parecido ¡y él, que nunca sospechara! pero escudriñaba en su memoria, hilvanaba recuerdos y el indicio cobró matiz de evidencia... Simona tenía veinte años... Por aquel tiempo su padre vivió en Cuyulán. Joven, lozano, como no sería entonces cuando la muerte le halló mujeriego irredimible... Lo sabía por la madre, por muchos... recordaba escenas lejanas, choques domésticos... nombres de mujeres, soltados por la madre, entre sollozos... y una vergüenza ancestral lo aplastaba. ¡La Simona su hermana! al fin, ¿qué tenía aquello? ps... ¡lo más corriente! Pero en su laberinto mental persistía obsesora la idea de que todo lo que óia, lo que veía, era una ilusión, sin conformarse a la realidad grotesca, a la torpe situación de aquel momento en que un siervo le había aplastado... Y esperaba algo, algo como el despertar de un sueño; pero se había detenido el tiempo; los instantes se eternizaban...

Bajo los párpados caídos, los ojos del mayordomo acechaban la actitud del amo. Al fin Tomás, obyecto, miserable, como una bestia, se arrastró hasta Eduardo, y le insinuó con voz casi muerta:

-Señor, dispénseme... Tal vez hice mal en decírselo, pero usted quería que la Simona... y era preciso decírselo. No podía ser... Pero allí están las otras... la Julia, la Candelaria... Ellas también son galanas...

Y Eduardo, con los ojos arrasados en llanto, repuso:

-No, Tomás... Ninguna... ¿Quién sabe si también ellas...?

Y la vergüenza le apagó la voz.
Flavio Herrera

Flavio Herrera
La Lente Opaca
Editorial "José de Pineda Ibarra"
Ministerio de Educación Pública
1967









* Jaca, yegua.

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