lunes, 12 de agosto de 2013

Año 1541, destrucción de la capital, Almolonga, el sábado 10 de septiembre por la noche

Ciudad de Guatemala, Almolonga, 1541 (Ciudad Vieja)


AÑO 1541, DESTRUCCIÓN DE LA CAPITAL, ALMOLONGA, EL SÁBADO 10 DE SEPTIEMBRE POR LA NOCHE

Después de tres días de copiosas lluvias se dejaron sentir cuatro fuertes temblores de tierra que llevaron el pánico al vecindario. Todas las familias creyeron que el fenómeno lo causaba el volcán de Fuego, porque del de Agua* no se tenía memoria de que hubiese hecho erupción ni nunca se encontró en sus faldas e inmediaciones materias calcinadas ni otros vestigios de erupción volcánica; la inmensa mole tenía por remate un pico como del volcán de Fuego.

A los rayos y truenos dejose oír ruido lejano. bajando luego del volcán, a cuyo pie estaba la ciudad, una corriente de agua tan impetuosa que derribó muchos edificios empezando por el del Adelantado. Todo fue para el vecindario una verdadera y espantosa sorpresa: las calles y las plazas se vieron inundadas rápidamente. El agua al precipitarse las hacía estremecer desde sus cimientos. Por otras direcciones eran arrastradas grandes piedras y árboles de todos tamaños. Las familias que temían ser aplastadas por las casas encaminábanse en busca de refugio sin poderlo conseguir. En las calles la situación se hacía cada vez más terrible para los infortunados habitantes: entre muchísimos muertos contábanse multitud de heridos y golpeados agonizando bajo las casas. Del Palacio todos huyeron con el objeto de ponerse a salvo: doña Beatriz salió de su aposento envuelta en un lienzo y se encamino a la parte alta destinada a oratorio, en compañía de una niña, hija natural de Alvarado; a unirse a la dama iban las doncellas cuando las separó furiosamente el agua; en el momento en que doña Beatriz se abrazaba a la imagen de Cristo, las paredes se desplomaron sepultándola entre los escombros. Hombres valerosos quisieron dirigirse al Palacio luchando con el agua pero les fue imposible. La corriente arrastraba todo lo que había a su paso; los más afortunados lograban asirse de los árboles o de algún otro objeto.

Doña Beatriz, La Sin Ventura

Por distintas direcciones oíanse desconsolados gritos en demanda de auxilio, pidiendo una asistencia que los demás no podían darle por temor y confusión de sentidos en que se hallaban. Una casa en la que asistían jóvenes para aprender la doctrina y hacer ejercicios espirituales la destruyó la corriente ahogándose ciento dos personas. En una calle varios frailes franciscanos tendían cables para dar auxilio a infelices gentes, viéndose dos o tres abrazados lanzando lastimeros gritos. El ruido siniestro del agua, los lamentos de los hombres, mujeres y niños, el bramido del ganado, todo era para llenar la angustia de los corazones.

La luz del nuevo día alumbró un campo de tristeza y de dolor; multitud de cadáveres yacían por todas partes y la ciudad convertida en montón de ruinas.

Los sobrevivientes buscaban a los suyos transidos de pena; ya corrían de un punto a otro, ya removían los escombros hasta dar con las personas amadas.

Fue en esos momentos de desolación cuando apareció majestuosa, imponente, llena de bondad y de energía, de abnegación y de grandeza, la figura del obispo Marroquín.

Desde que se dio cuenta de la catástrofe, en compañía de nueve frailes franciscanos, corrió al Palacio en momentos en que desplomábase la capilla que sepultó el cuerpo de doña Beatriz; luego, con actividad ejemplar, en aquellos angustiosos instantes, preso auxilios a cuantos pudo; hizo extraer el cuerpo de aquella dama y los de las once doncellas españolas y recogió e inventarió sus alhajas. El mismo en persona levantaba los cuerpos que yacían entre el lodo antes que se corrompieran e infestaran la atmósfera, dándoles sepultura en las iglesias, evitando así la propagación de alguna peste.

El número total de víctimas no fue averiguado con exactitud; se asegura que entre españoles pasaban de 600 y que los indígenas y negros muertos ascendieron a cerca de 2,000.

Los mismos compatriotas de doña Beatriz, supersticiosos y fanáticos hasta la exageración, atribuían la catástrofe a castigo del cielo a causa de las palabras vertidas por dicha señora al saber la muerte de su esposo**. Insistían en que el cuerpo de La Sin Ventura debía ser arrojado a los perros. El obispo Marroquín impugnó tales afirmaciones, logrando darle sepultura en la Catedral.

La corriente de agua no fue tan grande en otros sitios, como en la casa del obispo, defendida| por extenso corral de piedra en la parte oriental, El agua lodosa causó grandes perjuicios en las sementeras, en los caseríos y en las montañas de la costa sur. Por distintos puntos, a grandes distancias, los indígenas hallaban restos humanos detenidos en las ramas de los árboles, cuerpos de animales, muebles y otros objetos.

El padre Remesal en la Historia de la Provincia de San Vicente, libro cuarto, capítulo V, dice que "el volcán reventó en aquella ocasión y lo que salio de sus seno fue un gran torrente de agua y piedra que arruinó la ciudad vieja; y agrega, que en dicha ocasión perdió dicho monte la coronilla, quedando el cono que hoy se ve".

Lo que se supone cráter en la actualidad es oblongo de este a oeste de 489 varas en el circuito interior; en el exterior no se ha podido medir, Está hundido en una cavidad como de 60 varas y sus bordes en su parte más ancha son de seis varas en lo más angosto. En el centro del cráter jamas se ha visto lava, sino muchas piedras enormes de pórfido, algunas formadas de ocre.

Zona del derrumbe en el cráter del volcán de Agua

En distintos puntos de las faldas del volcán se encuentran piedras diseminadas que rodaron de la cúspide la noche de la catástrofe. Durante cuatro días estuvo saliendo del cráter regular cantidad de agua sin causar otros perjuicios; el líquido se encamino al cause del Guacalate. Desde la aciaga noche del 10 de septiembre desaparecieron dos depósitos de agua negra, con la misma que doña Beatriz tuvo la peregrina ocurrencia de mandar a pintar las paredes de su habitación al saber la muerte de su esposo.

En junta general del vecindario, con asistencia de noventa personas sobrevivientes, reunidas en la iglesia de Catedral, se proveyó la gobernación vacante por la muerte de La Sin Ventura, saliendo electos obispo Marroqín y el licenciado don Francisco de la Cueva, y en seguida se procedió a elegir sitio para trasladar la ciudad porque todos quedaron temerosos de que se repitiera la inundación que por mucho tiempo llamaron de San Nicolás.

Por informes que dio don Juan B. Antonelli, favorable del valle de Panchoy, se acordó fundar la capital en ese lugar, aunque no faltaron quienes tuvieran la mala idea de proponer el terreno del pueblo de Alotenango.

La noticia de la fundación de la ciudad de Panchoy la recibieron todos con agrado porque el valle gozaba de agua en abundancia, forraje y leña y por las altas colinas que la resguardan de los fuertes vientos del norte.

Se hizo saber lo dispuesto por medio de pregones, mandándose que fueran todos al titado valle a escoger lugar, señalándose los sitios que debían reintegrarles de los que tuvieron en Almolonga.

El 22 de noviembre de 1541 se delineó la ciudad que años más tarde era conceptuada como una de las más hermosas de América.***

Víctor Miguel Díaz
Narraciones
Editorial José de Pineda Ibarra
Ministerio de Educación Pública
1980

 * En aquella época se le llamaba volcán Hunahpú, paso a denominarse como de Agua a partir de dicha tragedia.

**Segun J. T. Medina, doña Beatriz, al enterarse de la muerte de su esposo don Pedro de Alvarado, "ni comía ni bebía, e corrigiéndola de algunas cosas que con la pasión decía, dixo muchas veces que ya Dios no la podía hacer más mal de lo que la había hecho […] posible es que la quisiese Dios martirizar en el cuerpo, en exemplo de los que da Dios.

***Actualmente la Antigua Guatemala.

1 comentario:

  1. Hay mucha historia en nuestro país que hemos olvidado, gracias por recordarla y hacernos recordar!!!

    ResponderEliminar