lunes, 10 de febrero de 2014

El Popol Vuh (Primera Parte)



El Popol Vuh

Empiezan las Historias del origen de los indios de esta provincia de Guatemala traducido de la lengua Quiché en la Castellana para más comodidad de los ministros del Santo Evangelio por el R. P. F. Francisco Ximenes cura doctrinero por el real patronato del pueblo de Sto. Tomas Chvila.


PREÁMBULO

Éste es el principio de las antiguas historias de este lugar llamado Quiché. Aquí escribiremos y comenzaremos las antiguas historias, el principio y el origen de todo lo que se hizo en la ciudad de Quiché, por las tribus de la nación quiché.

Y aquí traeremos la manifestación, la publicación y la narración de lo que estaba oculto, la revelación por Tzacol, Bitol, Alom, Qaholom, que se llaman Hunahpú Vuch, Hunahpú Utiú, Zaqui Nimá Tziís, Tepeu, Gucumatz, u Qux Cho, u Qux Paló, Ah Raxá Lac, Ah Raxá Tzel, así llamados. Y [al mismo tiempo] la declaración, la narración conjuntas de la Abuela y el Abuelo, cuyos nombres son Ixpiyacoc e Ixmucané, amparadores y protectores, dos veces abuela, dos veces abuelo, así llamados en las historias quichés, cuando contaban todo lo que hicieron en el principio de la vida, el principio de la historia.

Esto lo escribiremos ya dentro de la ley de Dios, en el Cristianismo; lo sacaremos a luz porque ya no se ve el Popol Vuh, así llamado, donde se veía claramente la venida del otro lado del mar, la narración de nuestra oscuridad, y se veía claramente la vida.

Existía el libro original, escrito antiguamente, pero su vista está oculta al investigador y al pensador. Grande era la descripción y el relato de cómo se acabó de formar todo el cielo y la tierra, cómo fue formado y repartido en cuatro partes, cómo fue señalado y el cielo fue medido y se trajo la cuerda de medir y fue extendida en el cielo y en la tierra, en los cuatro ángulos, en los cuatro rincones, como fue dicho por el Creador y el Formador, la madre y el padre de la vida, de todo lo creado, el que da la respiración y el pensamiento, la que da a luz a los hijos, el que vela por la felicidad de los pueblos, la felicidad del linaje humano, el sabio, el que medita en la bondad de todo lo que existe en el cielo, en la tierra, en los lagos y en el mar.


PRIMERA PARTE



CAPÍTULO I

Ésta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio;
todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo.

Ésta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.

No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión.

No había nada junto, que hiciera ruido, ni cosa alguna que se moviera, ni se agitara, ni hiciera ruido en el cielo.

No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia.

Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules; por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía el cielo y también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban.

Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la oscuridad, en la noche, y hablaron entre sí Tepeu y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento.

Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombres Entonces dispusieron la creación y crecimiento de los árboles y los bejucos y el nacimiento de la vida y la creación del hombre. Se dispuso así en las tinieblas y en la noche por el Corazón del Cielo, que se llama Huracán.

El primero se llama Caculhá Huracán. El segundo es Chipi-Caculhá. El tercero es Raxa Caculhá. Y estos tres son el Corazón del Cielo.

Entonces vinieron juntos Tepeu y Gucumatz; entonces conferenciaron sobre la vida y la claridad, cómo se hará para que aclare y amanezca, quién será el que produzca el alimento y el sustento.

-¡Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe [el espacio], que surja la tierra y que se afirme! Así dijeron. ¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra! No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta que exista la criatura humana, el hombre formado. Así dijeron.

Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra: -¡Tierra!, dijeron, y al instante fue hecha.

Como la neblina, como la nube y como una polvareda fue la creación, cuando surgieron del agua las montañas; y al instante crecieron las montañas.

Solamente por un prodigio, sólo por arte mágica se realizó la formación de las montañas y los valles; y al instante brotaron juntos los cipresales y pinares en la superficie.

Y así se llenó de alegría Gucumatz, diciendo

-¡Buena ha sido tu venida, Corazón del Cielo; tú, Huracán, y tú, Chipi Caculhá, Raxa Caculhá!

-Nuestra obra, nuestra creación será terminada, contestaron.

Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron las corrientes de agua, los arroyos se fueron corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando aparecieron las altas montañas.

Así fue la creación de la tierra, cuando fue formada por el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, que así son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo estaba en suspenso y la tierra se hallaba sumergida dentro del agua.

De esta manera se perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de pensar y meditar sobre su feliz terminación.


CAPÍTULO II

Luego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de la montaña, los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, cantiles [víboras], guardianes de los bejucos.


Y dijeron los Progenitores: -¿Sólo silencio e inmovilidad habrá bajo los árboles y los bejucos? Conviene que en lo sucesivo haya quien los guarde.

Así dijeron cuando meditaron y hablaron enseguida. Al punto fueron creados los venados y las aves. En seguida les repartieron sus moradas a los venados y a las aves. - Tú, venado, dormirás en la vega de los ríos y en los barrancos. Aquí estarás entre la maleza, entre las hierbas; en el bosque os multiplicaréis, en cuatro pies andaréis y os sostendréis. Y así como se dijo, así se hizo.

Luego designaron también su morada a los pájaros pequeños y a las aves mayores: - Vosotros, pájaros, habitaréis sobre los árboles y los bejucos, allí haréis vuestros nidos, allí os multiplicaréis, allí os sacudiréis en las ramas de los árboles y de los bejucos. Así les fue dicho a los venados y a los pájaros para que hicieran lo que debían hacer, y todos tomaron sus habitaciones y sus nidos.


De esta manera los Progenitores les dieron sus habitaciones a los animales de la tierra.

Y estando terminada la creación de todos los cuadrúpedos y las aves, les fue dicho a los cuadrúpedos y pájaros por el Creador y Formador y los Progenitores: -Hablad, gritad, gorjead, llamad, hablad cada uno según vuestra especie, según la variedad de cada uno. Así les fue dicho a los venados, los pájaros leones, tigres y serpientes.

Decid, pues, nuestros nombres, alabadnos a nosotros, vuestra madre, vuestro padre. ¡Invocad, pues, a Huracán, Chipi Caculhá, Raxa Caculhá, el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, el Creador, el Formador, los Progenitores; hablad, invocadnos, adoradnos!, les dijeron.

Pero no se pudo conseguir que hablaran como los hombres; sólo chillaban, cacareaban y graznaban; no se manifestó la forma de su lenguaje, y cada uno gritaba de manera diferente.

Cuando el Creador y el Formador vieron que no era posible que hablaran, se dijeron entre sí: -No ha sido posible que ellos digan nuestro nombre, el de nosotros, sus creadores y formadores. Esto no está bien, dijeron entre sí los Progenitores.

Entonces se les dijo: -Seréis cambiados porque no se ha conseguido que habléis. Hemos cambiado de parecer: vuestro alimento, vuestra pastura, vuestra habitación y vuestros nidos los tendréis, serán los barrancos y los bosques, porque no se ha podido lograr que nos adoréis ni nos invoquéis. Todavía hay quienes nos adoren, haremos otros [seres] que sean obedientes. Vosotros, aceptad vuestro destino: vuestras carnes serán trituradas. Así será. Ésta será vuestra suerte. Así dijeron cuando hicieron saber su voluntad a los animales pequeños y grandes que hay sobre la faz de la tierra.

Luego quisieron probar suerte nuevamente, quisieron hacer otra tentativa y quisieron probar de nuevo a que los adoraran.

Pero no pudieron entender su lenguaje entre ellos mismos, nada pudieron conseguir y nada pudieron hacer. Por esta razón fueron inmoladas sus carnes y fueron condenados a ser comidos y matados los animales que existen sobre la faz de la tierra.

Así, pues, hubo que hacer una nueva tentativa de crear y formar al hombre por el Creador, el Formador y los Progenitores.

-¡A probar otra vez! Ya se acercan el amanecer y la aurora; ¡hagamos al que nos sustentará y alimentará! ¿Cómo haremos para ser invocados, para ser recordados sobre la tierra? Ya hemos probado con nuestras primeras obras, nuestras primeras criaturas; pero no se pudo lograr que fuésemos alabados y venerados por ellos. Probemos ahora a hacer unos seres obedientes, respetuosos, que nos sustenten y alimenten. Así dijeron.

Entonces fue la creación y la formación. De tierra, de lodo hicieron la carne [del hombre]. Pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no movía la cabeza, la cara se le iba para un lado, tenía velada la vista, no podía ver hacia atrás. Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamente se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener.

Y dijeron el Creador y el Formador. Bien se ve que no puede andar ni multiplicarse. Que se haga una consulta acerca de esto, dijeron.

Entonces desbarataron y deshicieron su obra y su creación. Y en seguida dijeron: -¿Cómo haremos para perfeccionar, para que salgan bien nuestros adoradores, nuestros invocadores?

Así dijeron cuando de nuevo consultaron entre sí: -Digámosles a Ixpiyacoc, Ixmucané, Hunahpú-Vuch, Hunahpú-Utiú: ¡Probad suerte otra vez! ¡Probad a hacer la creación! Así dijeron entre sí el Creador y el Formador cuando hablaron a Ixpiyacoc e Ixmucané.

En seguida les hablaron a aquellos adivinos, la abuela del día, la abuela del alba, que así eran llamados por el Creador y el Formador, y cuyos nombres eran Ixpiyacoc e Ixmucané.

Y dijeron Huracán, Tepeu y Gucumatz cuando le hablaron al agorero, al formador, que son los adivinos: -Hay que reunirse y encontrar los medios para que el hombre que formemos, el hombre que vamos a crear nos sostenga y alimente, nos invoque y se acuerde de nosotros.

-Entrad, pues, en consulta, abuela, abuelo, nuestra abuela, nuestro abuelo, Ixpiyacoc, Ixmucané, haced que aclare, que amanezca, que seamos invocados, que seamos adorados, que seamos recordados por el hombre creado, por el hombre formado, por el hombre mortal, haced que así se haga.

-Dad a conocer vuestra naturaleza, Hunahpú-Vuch, Hunahpú-Utiú, dos veces madre, dos veces padre, Nim Ac, Nimá-Tziís, el Señor de la esmeralda, el joyero, el escultor, el tallador, el Señor de los hermosos platos, el Señor de la verde jícara, el maestro de la resina, el maestro Toltecat, la abuela del sol, la abuela del alba, que así seréis llamados por nuestras obras y nuestras criaturas.

-Echad la suerte con vuestros granos de maíz y de tzité. Hágase así y se sabrá y resultará si labraremos o tallaremos su boca y sus ojos en madera. Así les fue dicho a los adivinos.

A continuación vino la adivinación, la echada de la suerte con el maíz y el tzité. -¡Suerte! ¡Criatura!, les dijeron entonces una vieja y un viejo. Y este viejo era el de las suertes del tzité, el llamado Ixpiyacoc. Y la vieja era la adivina, la formadora, que se llamaba Chiracán Ixmucané.

Y comenzando la adivinación, dijeron así: -¡Juntaos, acoplaos! ¡Hablad, que os oigamos, decid, declarad si conviene que se junte la madera y que sea labrada por el Creador y el Formador, y si éste [el hombre de madera] es el que nos ha de sustentar y alimentar cuando aclare, cuando amanezca!

Tú, maíz, tú, tzité ; tú, suerte; tú, criatura: ¡uníos, ayuntaos!, les dijeron al maíz, al tzité, a la suerte, a la criatura. ¡Ven a sacrificar aquí, Corazón del Cielo, no castigues a Tepeu y Gucumatz!

Entonces hablaron y dijeron la verdad: -Buenos saldrán vuestros muñecos hechos de madera; hablarán y conversarán sobre la faz de la tierra.

-¡Así sea!, contestaron, cuando hablaron.

Y al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la tierra.

Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían alma, ni entendimiento, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas.

Ya no se acordaban del Corazón del Cielo y por eso cayeron en desgracia. Fue solamente un ensayo, un intento de hacer hombres. Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y sus manos no tenían consistencia; no tenían sangre, ni sustancia, ni humedad, ni gordura; sus mejillas estaban secas, secos sus pies y sus manos, y amarillas sus carnes.

Por esta razón ya no pensaban en el Creador ni en el Formador, en los que les daban el ser y cuidaban de ellos.

Éstos fueron los primeros hombres que en gran número existieron sobre la faz de la tierra.


CAPÍTULO III

En seguida fueron aniquilados, destruidos y deshechos los muñecos de palo, y recibieron la muerte.

Una inundación fue producida por el Corazón del Cielo; un gran diluvio se formó, que cayó sobre las cabezas de los muñecos de palo.

De tzité se hizo la carne del hombre, pero cuando la mujer fue labrada por el Creador y el Formador, se hizo de espadaña la carne de la mujer. Estos materiales quisieron el Creador y el Formador que entraran en su composición.

Pero no pensaban, no hablaban con su Creador y su Formador, que los habían hecho, que los habían creado. Y por esta razón fueron muertos, fueron anegados. Una resina abundante vino del cielo. El llamado Xecotcovach llegó y les vació los ojos; Camalotz vino a cortarles la cabeza; y vino Cotzbalam y les devoró las carnes. El Tucumbalam llegó también y les quebró y magulló los huesos y los nervios, les molió y desmoronó los huesos.

Y esto fue para castigarlos porque no habían pensado en su madre, ni en su padre, el Corazón del Cielo, llamado Huracán. Y por este motivo se oscureció la faz de la tierra y comenzó una lluvia negra, una lluvia de día, una lluvia de noche.

Llegaron entonces los animales pequeños, los animales grandes, y los palos y las piedras les golpearon las caras. Y se pusieron todos a hablar; sus tinajas, sus comales, sus platos, sus ollas, sus perros, sus piedras de moler, todos se levantaron y les golpearon las caras.

Mucho mal nos hacíais; nos comíais, y nosotros ahora os morderemos, les dijeron sus perros y sus aves de corral.

Y las piedras de moler: -Éramos atormentadas por vosotros; cada día, cada día, de noche, al amanecer, todo el tiempo hacían holi, holi huqui, huqui nuestras caras, a causa de vosotros. Éste era el tributo que os pagábamos. Pero ahora que habéis dejado de ser hombres probaréis nuestras fuerzas. Moleremos y reduciremos a polvo vuestras carnes, les dijeron sus piedras de moler.

Y he aquí que sus perros hablaron y les dijeron: -¿Por qué no nos dabais nuestra comida? Apenas estábamos mirando y ya nos arrojabais de vuestro lado y nos echabais fuera. Siempre teníais listo un palo para pegarnos mientras comíais.

Así era como nos tratabais. Nosotros no podíamos hablar. Quizás no os diéramos muerte ahora; pero ¿por qué no reflexionabais, por qué no pensabais en vosotros mismos? Ahora nosotros os destruiremos, ahora probaréis vosotros los dientes que hay en nuestra boca: os devoraremos, dijeron los perros, y luego les destrozaron las caras.

Y a su vez sus comales, sus ollas les hablaron así: -Dolor y sufrimiento nos causabais. Nuestra boca y nuestras caras estaban tiznadas, siempre estábamos puestos sobre el fuego y nos quemabais como si no sintiéramos dolor. Ahora probaréis vosotros, os quemaremos, dijeron sus ollas, y todos les destrozaron las caras. Las piedras del hogar, que estaban amontonadas, se arrojaron directamente desde el fuego contra sus cabezas causandoles dolor.

Desesperados corrían de un lado para otro; querían subirse sobre las casas y las casas se caían y los arrojaban al suelo; querían subirse sobre los árboles y los árboles los lanzaban a lo lejos; querían entrar en las cavernas y las cavernas se cerraban ante ellos.

Así fue la ruina de los hombres que habían sido creados y formados, de los hombres hechos para ser destruidos y aniquilados: a todos les fueron destrozadas las bocas y las caras.

Y dicen que la descendencia de aquéllos son los monos que existen ahora en los bosques; éstos son la muestra de aquéllos, porque sólo de palo fue hecha su carne por el Creador y el Formador.

Y por esta razón el mono se parece al hombre, es la muestra de una generación de hombres creados, de hombres formados que eran solamente muñecos y hechos solamente de madera.


CAPÍTULO IV

Había entonces muy poca claridad sobre la faz de la tierra. Aún no había sol. Sin embargo, había un ser orgulloso de sí mismo que se llamaba Vucub-Caquix.

Existían ya el cielo y la tierra, pero estaba cubierta la faz del sol y de la luna.

Y decía (Vucub Caquix): -Verdaderamente, son una muestra clara de aquellos hombres que se ahogaron y su naturaleza es como la de seres sobrenaturales.

-Yo seré grande ahora sobre todos los seres creados y formados. Yo soy el sol, soy la claridad, la luna, exclamó. Grande es mi esplendor. Por mí caminarán y vencerán los hombres. Porque de plata son mis ojos, resplandecientes como piedras preciosas, como esmeraldas; mis dientes brillan como piedras finas, semejantes a la faz del cielo. Mi nariz brilla de lejos como la luna, mi trono es de plata y la faz de la tierra se ilumina cuando salgo frente a mi trono.

Así, pues, yo soy el sol, yo soy la luna, para el linaje humano. Así será porque mi vista alcanza muy lejos.

De esta manera hablaba Vucub Caquix. Pero en realidad, Vucub Caquix no era el sol; solamente se vanagloriaba de sus plumas y riquezas. Pero su vista alcanzaba solamente el horizonte y no se extendía sobre todo el mundo.

Aún no se le veía la cara al sol, ni a la luna, ni a las estrellas, y aún no había amanecido. Por esta razón Vucub Caquix se envanecía como si él fuera el sol y la luna, porque aún no se había manifestado ni se ostentaba la claridad del sol y de la luna. Su única ambición era engrandecerse y dominar. Y fue entonces cuando ocurrió el diluvio a causa de los muñecos de palo.

Ahora contaremos cómo murió Vucub Caquix y fue vencido, y cómo fue hecho el hombre por el Creador y Formador.


CAPÍTULO V

Éste es el principio de la derrota y de la ruina de la gloria de Vucub Caquix por los dos muchachos, el primero de los cuales se llamaba Hunahpú y el segundo Ixbalanqué. Éstos eran dioses verdaderamente. Como veían el mal que hacía el soberbio, y que quería hacerlo en presencia del Corazón del Cielo, se dijeron los muchachos

-No está bien que esto sea así, cuando el hombre no vive todavía aquí sobre la tierra. Así, pues, probaremos a tirarle con la cerbatana cuando esté comiendo; le tiraremos y le causaremos una enfermedad, y entonces se acabarán sus riquezas, sus piedras verdes, sus metales preciosos, sus esmeraldas, sus alhajas de que se enorgullece. Y así lo harán todos los hombres, porque no deben envanecerse por el poder ni la riqueza.

-Así será, dijeron los muchachos, echándose cada uno su cerbatana al hombro.

Ahora bien, este Vucúb Caquix tenía dos hijos: el primero se llamaba Zipacná, el segundo era Cabracán; y la madre de los dos se llamaba Chimalmat, la mujer de Vucub Caquix.

Zipacná jugaba a la pelota con los grandes montes: el Chigag, Hunahpú, Pecul, Yaxcanul, Macamob y Huliznab. Éstos son los nombres de los montes que existían cuando amaneció y que fueron creados en una sola noche por Zipacná.

Cabracán movía los montes y por él temblaban las montañas grandes y pequeñas.

De esta manera proclamaban su orgullo los hijos de Vucub-Caquix: -¡Oíd! ¡Yo soy el sol!, decía Vucub Caquix. -¡Yo soy el que hizo la tierra!, decía Zipacná. -¡ Yo soy el que sacudo el cielo y conmuevo toda la tierra!, decía Cabracán. Así era como los hijos de Vucub Caquix le disputaban a su padre la grandeza. Y esto les parecía muy mal a los muchachos.

Aún no había sido creada nuestra primera madre, ni nuestro primer padre.

Por tanto, fue resuelta su muerte [de Vucub Caquix y de sus hijos] y su destrucción, por los dos jóvenes.


Hunapú y su cerbatana


CAPÍTULO VI

Contaremos ahora el tiro de cerbatana que dispararon los dos muchachos contra Vucub Caquix, y la destrucción de cada uno de los que se habían ensoberbecido.

Vucub Caquix tenía un gran árbol de nance, cuya fruta era la comida de Vucub Caquix. Éste venía cada día junto al nance y se subía a la cima del árbol. Hunahpú e Ixbalanqué habían visto que ésa era su comida. Y habiéndose puesto en acecho de Vucub Caquix al pie del árbol, escondidos entre las hojas, llegó Vucub Caquix directamente a su comida de nances.

En este momento fue herido por un tira de cerbatana de Hun-Hunahpú, que le dio precisamente en la quijada, y dando gritos se vino derecho a tierra desde lo alto del árbol.

Hun Hunahpú corrió apresuradamente para apoderarse de él, pero Caquis le arrancó el brazo a Hun Hunahpú y tirando de él lo dobló desde la punta hasta el hombro. Así le arrancó [el brazo] Vucub Caquix a Hun Hunahpú. Ciertamente hicieron bien los muchachos no dejándose vencer primero por Vucub Caquix.

Llevando el brazo de Hun Hunahpú se fue Vucub-Caquix para su casa, a donde llegó sosteniéndose la quijada.

-¿Qué os ha sucedido, Señor? -dijo Chimalmat, la mujer de Vucub Caquix.

-¿Qué ha de ser, sino aquellos dos demonios que me tiraron con cerbatana y me desquiciaron la quijada? A causa de ello se me menean los dientes y me duelen mucho. Pero yo he traído [su brazo] para ponerlo sobre el fuego. Allí que se quede colgado y suspendido sobre el fuego, porque de seguro vendrán a buscarlo esos demonios. Así habló Vucub-Caquix mientras colgaba el brazo de Hun-Hunahpú.

Habiendo meditado Hun Hunahpú e Ixbalanqué, se fueron a hablar con un viejo que tenía los cabellos completamente blancos y con una vieja, de verdad muy vieja y humilde, ambos doblados ya como gentes muy ancianas. Llamábase el viejo Zaqui Nim-Ac y la vieja Zaqui Nimá Tziís. Los muchachos les dijeron a la vieja y al viejo:

-Acompañadnos para ir a traer nuestro brazo a casa de Vucub-Caquix. Nosotros iremos detrás. "Éstos que nos acompañan son nuestros nietos; su madre y su padre ya son muertos; por esta razón ellos van a todas partes tras de nosotros, a donde nos dan limosna, pues lo único que nosotros sabemos hacer es sacar el gusano de las muelas." Así les diréis.

De esta manera, Vucub Caquix nos verá como a muchachos y nosotros también estaremos allí para aconsejaros, dijeron los dos jóvenes.

-Está bien -contestaron los viejos.

A continuación se pusieron en camino para el lugar donde se encontraba Vucub Caquix recostado en su trono. Caminaban la vieja y el viejo seguidos de los dos muchachos, que iban jugando tras ellos. Así llegaron al pie de la casa del Señor, quien estaba gritando a causa de las muelas.

Al ver Vucub Caquix al viejo y a la vieja y a los que los acompañaban, les preguntó el Señor.

-¿De dónde venís, abuelos?

-Andamos buscando de qué alimentarnos, respetable Señor, contestaron aquéllos.

-¿Y cuál es vuestra comida? ¿No son vuestros hijos éstos que os acompañan?

-¡Oh, no, Señor! Son nuestros nietos; pero les tenemos lástima, y lo que a nosotros nos dan lo compartimos con ellos, Señor, contestaron la vieja y el viejo.

Mientras tanto, se moría el Señor del dolor de muelas y sólo con gran dificultad podía
hablar.

-Yo os ruego encarecidamente que tengáis lástima de mí. ¿Qué podéis hacer? ¿Qué es lo que sabéis curar?, les preguntó el Señor. Y los viejos contestaron.

-¡Oh Señor, nosotros sólo sacamos el gusano de las muelas, curamos los ojos y ponemos los huesos en su lugar.

-Está muy bien. Curadme los dientes, que verdaderamente me hacen sufrir día y noche, y a causa de ellos y de mis ojos no tengo sosiego y no puedo dormir. Todo esto se debe a que dos demonios me tiraron un bodocazo, y por eso no puedo comer. Así, pues, tened piedad de mí, apretadme los dientes con vuestras manos.

-Muy bien, Señor. Un gusano es el que os hace sufrir. Bastará con sacar esos dientes y poneros otros en su lugar.

-No está bien que me saquéis los dientes, porque sólo así soy Señor y todo mi ornamento son mis dientes y mis ojos.

-Nosotros os pondremos otros en su lugar, hechos de hueso molido. Pero el hueso molido no eran más que granos de maíz blanco.

-Está bien, sacadlos, venid a socorredme, replicó.

Sacáronle entonces los dientes a Vucub Caquix; y en su lugar le pusieron solamente granos de maíz blanco, y estos granos de maíz le brillaban en la boca. Al instante decayeron sus facciones y ya no parecía Señor. Luego acabaron de sacarle los dientes que le brillaban en la boca como perlas. Y por último le curaron los ojos a Vucub Caquix reventándole las niñas de los ojos y acabaron de quitarle todas sus riquezas.

Pero nada sentía ya. Sólo se quedó mirando mientras por consejo de Hunahpú e lxbalanqué acababan de despojarlo de las cosas de que se enorgullecía.

Así murió Vucub Caquix. Luego recuperó su brazo Hunahpú. Y murió también Chimalmat, la mujer de Vucub Caquix.

Así se perdieron las riquezas de Vucub Caquix. El médico se apoderó de todas las esmeraldas y piedras preciosas que habían sido su orgullo aquí en la tierra.

La vieja y el viejo que estas cosas hicieron eran seres maravillosos. Y habiendo recuperado el brazo, volvieron a ponerlo en su lugar y quedó bien otra vez.

Solamente para lograr la muerte de Vucub Caquix quisieron obrar de esta manera, por que les pareció mal que se enorgulleciera.

Y en seguida se marcharon los dos muchachos, habiendo ejecutado así la orden del Corazón del Cielo.


CAPÍTULO VII

He aquí ahora los hechos de Zipacná, el primer hijo de Vucub-Caquix

-Yo soy el creador de las montañas, decía Zipacná.

Este Zipacná se estaba bañando a la orilla de un río cuando pasaron cuatrocientos muchachos, que llevaban arrastrando un árbol para sostén de su casa. Los cuatrocientos caminaban después de haber cortado un gran árbol para viga madre de su casa.

Llegó entonces Zipacná y dirigiéndose hacia donde estaban los cuatrocientos muchachos, les dijo:

-¿Qué estáis haciendo, muchachos?

-Sólo es este palo, respondieron, que no lo podemos levantar y llevar en hombros.

-Yo lo llevaré. ¿A dónde ha de ir? ¿Para qué lo queréis?

-Para viga madre de nuestra casa.

-Está bien, contestó, y levantándolo se lo echó al hombro y lo llevó hacia la entrada de la casa de los cuatrocientos muchachos.

-Ahora quédate con nosotros, muchacho, le dijeron. ¿Tienes madre o padre?

-No tengo, contestó.

-Entonces te ocuparemos mañana para preparar otro palo para sostén de nuestra casa.

-Bueno, contestó.

Los cuatrocientos muchachos conferenciaron en seguida y dijeron.

-¿Cómo haremos con este muchacho para matarlo? Porque no está bien lo que ha hecho levantando él solo el palo. Hagamos un gran hoyo y echémoslo para hacerlo caer en él. "Baja a sacar y traer tierra del hoyo", le diremos, y cuando se haya agachado para bajar a la excavación le dejaremos caer el palo grande y allí en el hoyo morirá.

Así dijeron los cuatrocientos muchachos y luego abrieron un gran hoyo muy profundo. En seguida llamaron a Zipacná.

-Nosotros te queremos bien. Anda, ven a cavar la tierra porque nosotros ya no alcanzamos, le dijeron.

-Está bien, contestó. En seguida bajó al hoyo. Y llamándolo mientras estaba cavando la tierra, le dijeron: -¿Has bajado ya muy hondo?

-Sí, contestó, mientras comenzaba a abrir el hoyo, pero el hoyo que estaba haciendo era para librarse del peligro. Él sabía que lo querían matar; por eso, al abrir el hoyo, hizo, hacia un lado, una segunda excavación para librarse.

-¿Hasta dónde vas?, gritaron hacia abajo los cuatrocientos muchachos.

-Todavía estoy cavando; yo os llamaré allí arriba cuando esté terminada la excavación, dijo Zipacná desde el fondo del hoyo. Pero no estaba cavando su sepultura, sino que estaba abriendo otro hoyo para salvarse.

Por último los llamó Zipacná ; pero cuando llamó ya se había puesto en salvo dentro del hoyo.

-Venid a sacar y llevaros la tierra que he arrancado y está en el asiento del hoyo, porque en verdad lo he ahondado mucho. ¿No oís mi llamada? Y sin embargo, vuestros gritos, vuestras palabras, se repiten como un eco una y dos veces, y así oiga bien dónde estáis. Esto decía Zipacná desde el hoyo donde estaba escondido, gritando desde el fondo.

Entonces los muchachos arrojaron violentamente su gran palo, que cayó en seguida con estruendo al fondo del hoyo.

-¡Que nadie hable! Esperemos hasta oír sus gritos cuando muera, se dijeron entre sí, hablando en secreto v cubriéndose cada uno la cara, mientras caía el palo con estrépito. [Zipacná] habló entonces lanzando un grito, pero llamó una sola vez cuando cayó el palo en el fondo.

-¡Qué bien nos ha salido lo que le hicimos! Ya murió, dijeron los jóvenes. Si desgraciadamente hubiera continuado lo que había comenzado a hacer, estaríamos perdidos, porque ya se había metido entre nosotros, los cuatrocientos muchachos.

Y llenos de alegría dijeron: -Ahora vamos a fabricar nuestra chicha durante estos tres días. Pasados estos tres días beberemos por la construcción de nuestra casa, nosotros los cuatrocientos muchachos. Luego dijeron: Mañana veremos y pasado mañana veremos también si no vienen las hormigas entre la tierra cuando hieda y se pudra. En seguida se tranquilizará nuestro corazón y beberemos nuestra chicha, dijeron.

Zipacná escuchaba desde el hoyo todo lo que hablaban los muchachos. Y luego, al segundo día, llegaron las hormigas en montón, yendo y viniendo y juntándose debajo del palo. Unas traían en la boca los cabellos y otras las uñas de Zipacná.

Cuando vieron esto los muchachos, dijeron: -¡Ya pereció aquel demonio! Mirad cómo se han juntado las hormigas, cómo han llegado por montones, trayendo unas los cabellos y otras las uñas. ¡Mirad lo que hemos hecho! Así hablaban entre sí.

Sin embargo, Zipacná estaba bien vivo. Se había cortado los cabellos de la cabeza y se había roído las uñas con los dientes para dárselos a las hormigas.

Y así los cuatrocientos muchachos creyeron que había muerto, y al tercer día dieron principio a la orgía y se emborracharon todos los muchachos. Y estando ebrios los cuatrocientos muchachos, ya no sentían nada. En seguida Zipacná dejó caer la casa sobre sus cabezas y acabó de matarlos a todos.

Ni siquiera uno, ni dos se salvaron de entre los cuatrocientos muchachos; muertos fueron por Zipacná, el hijo de Vucub-Caquix.

Así fue la muerte de los cuatrocientos muchachos, y se cuenta que entraron en el grupo de estrellas que por ellos se llama Motz, aunque esto tal vez será mentira.


CAPÍTULO VIII

Contaremos ahora la derrota de Zipacná por los dos muchachos Hunahpú e Ixbalanqué.

Ahora sigue la derrota y muerte de Zipacná, cuando fue vencido por los dos muchachos Hunahpú e Ixbalanqué.

El corazón de los dos jóvenes estaba lleno de rencor porque los cuatrocientos muchachos habían sido muertos por Zipacná. Y éste sólo buscaba pescados y cangrejos a la orilla de los ríos, que ésta era su comida de cada día. Durante el día se paseaba buscando su comida y de noche se echaba los cerros a cuestas.

En seguida Hunahpú e Ixbalanqué hicieron una figura a imitación de un cangrejo muy grande, y le dieron la apariencia de tal con una hoja de pie de gallo, del que se encuentra en los bosques.

Así hicieron la parte inferior del cangrejo; de pahac le hicieron las patas y le pusieron una concha de piedra que le cubrió la espalda al cangrejo. Luego pusieron esta [especie de] tortuga, al pie de un gran cerro llamado Meauán, donde lo iban a vencer [a Zipacná].

A continuación se fueron los muchachos a hacerle encuentro a Zipacná a la orilla de un río.

-¿A dónde vas, muchacho?, le preguntaron a Zipacná.

-No voy a ninguna parte, sólo ando buscando mi comida, muchachos, contestó Zipacná.

-¿Y cuál es tu comida?

-Pescado y cangrejos, pero aquí no los hay y no he hallado ninguno; desde antier no he comido y ya no aguanto el hambre, dijo Zipacná a Hunahpú e Ixbalanqué.

-Allá en el fondo del barranco está un cangrejo, verdaderamente un gran cangrejo y ¡bien que te lo comieras! Sólo que nos mordió cuando lo quisimos coger y por eso le tenemos miedo. Por nada iríamos a cogerlo, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

-¡Tened lástima de mí! Venid y enseñádmelo, muchachos, dijo Zipacná.

-No queremos. Anda tú solo, que no te perderás. Sigue por la vega del río y llegarás al pie de un gran cerro, allí está haciendo ruido en el fondo del barranco. Sólo tienes que llegar allá, le dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

-¡Ay, desgraciado de mí! ¿No lo podéis encontrar vosotros, pues, muchachos? Venid a enseñármelo. Hay muchos pájaros que podéis tirar con la cerbatana, y yo sé dónde se encuentran, dijo Zipacná.

Su humildad convenció a los muchachos. Y éstos le dijeron: -Pero ¿de veras lo podrás coger? Porque sólo por causa tuya volveremos; nosotros ya no lo intentaremos porque nos mordió cuando íbamos entrando boca abajo. Luego tuvimos miedo al entrar arrastrándonos, pero en poco estuvo que lo cogiéramos. Así, pues, es bueno que tú entres arrastrándote, le dijeron.

-Está bien, dijo Zipacná, y entonces se fue en su compañía. Llegaron al fondo del barranco, y allí, tendido sobre el costado, estaba el cangrejo mostrando su concha colorada. Y allí también, en el fondo del barranco, estaba el engaño de los muchachos.

-¡Qué bueno!, dijo entonces Zipacná con alegría. ¡Quisiera tenerlo ya en la boca! Y era que verdaderamente se estaba muriendo de hambre. Quiso probar a ponerse de bruces, quiso entrar, pero el cangrejo iba subiendo. Salióse en seguida y los muchachos le preguntaron:

-¿No lo cogiste?

-No, contestó, porque se fue para arriba y poco me faltó para cogerlo. Pero tal vez sería bueno que yo entrara para arriba, agregó. Y luego entró de nuevo hacia arriba, pero cuando ya casi había acabado de entrar y sólo mostraba la punta de los pies, se derrumbó el gran cerro y le cayó lentamente sobre el pecho.

Nunca más volvió Zipacná y fue convertido en piedra.

Así fue vencido Zipacná por los muchachos Hunahpú e Ixbalanqué ; aquel que, según la antigua tradición, hacía las montañas, el hijo primogénito de Vucub Caquix.

Al pie del cerro llamado Meauán fue vencido. Sólo por un prodigio fue vencido el segundo de los soberbios. Quedaba otro, cuya historia contaremos ahora.


CAPÍTULO IX

El tercero de los soberbios era el segundo hijo de Vucub-Caquix, que se llamaba
Cabracán.

-¡Yo derribo las montañas!, decía.

Pero Hunahpú e Ixbalanqué vencieron también a Cabracán. Huracán, Chipi Caculhá y Raxa Caculhá hablaron y dijeron a Hunahpú e Ixbalanqué:

-Que el segundo hijo de Vucub Caquix sea también vencido. Ésta es nuestra voluntad. Porque no está bien lo que hace sobre la tierra, exaltando su gloria, su grandeza y su poder, y no debe ser así. Llevadle con halagos allá donde nace el sol, les dijo Huracán a los dos jóvenes.

-Muy bien, respetable Señor, contestaron éstos, porque no es justo lo que vemos. ¿Acaso no existes tú, tú que eres la paz, tú, Corazón del Cielo?, dijeron los muchachos mientras escuchaban la orden de Huracán.

Entre tanto, Cabracán se ocupaba en sacudir las montañas. Al más pequeño golpe de sus pies sobre la tierra, se abrían las montañas grandes y pequeñas. Así lo encontraron los muchachos, quienes preguntaron a Cabracán:

-¿A dónde vas, muchacho?

-A ninguna parte, contestó. Aquí estoy moviendo las montañas y las estaré derribando para siempre, dijo en respuesta.

A continuación les preguntó Cabracán a Hunahpú e Ixbalanqué: -¿Qué venís a hacer aquí? No conozco vuestras caras. ¿Cómo os llamáis?, dijo Cabracán.

-No tenemos nombre, contestaron aquéllos. No somos más que tiradores con cerbatana y cazadores con liga en los montes. Somos pobres y no tenemos nada que nos pertenezca, muchacho. Solamente caminamos por los montes pequeños y grandes, muchacho. Y precisamente hemos visto una gran montaña, allá donde se enrojece el cielo. Verdaderamente se levanta muy alto y domina la cima de todos los cerros. Así es que no hemos podido coger ni uno ni dos pájaros en ella, muchacho. Pero ¿es verdad que tú puedes derribar todas las montañas, muchacho?, le dijeron Hunahpú e Ixbalanqué a Cabracán.

-¿De veras habéis visto esa montaña que decís? ¿En dónde está? En cuanto yo la vea la echaré abajo. ¿Dónde la visteis?

-Por allá está, donde nace el sol, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

-Está bien, enseñadme el camino, les dijo a los dos jóvenes.

-¡Oh, no!, contestaron éstos. Tenemos que llevarte en medio de nosotros: uno irá a tu mano izquierda y otro a tu mano derecha, porque tenemos nuestras cerbatanas, y si hubiere pájaros les tiraremos.

Y así iban alegres, probando sus cerbatanas; pero cuando tiraban con ellas, no usaban el bodoque de barro en el tubo de sus cerbatanas, sino que sólo con el soplo derribaban a los pájaros cuando les tiraban, de lo cual se admiraba grandemente Cabracán.

En seguida hicieron un fuego los muchachos y pusieron a asar los pájaros en el fuego, pero untaron uno de los pájaros con tizate, lo cubrieron de una tierra blanca.

-Esto le daremos, dijeron, para que se le abra el apetito con el olor que despide. Este nuestro pájaro será su perdición. Así como la tierra cubre este pájaro por obra nuestra, así daremos con él en tierra y en tierra lo sepultaremos.

-Grande será la sabiduría de un ser creado, de un ser formado, cuando amanezca, cuando aclare, dijeron los muchachos.

-Como el deseo de comer un bocado es natural en el hombre, el corazón de Cabracán está ansioso, decían entre sí Hunahpú e Ixbalanqué.

Mientras estaban asando los pájaros, éstos se iban dorando al cocerse, y la grasa y el jugo que de ellos se escapaban despedían el olor más apetitoso. Cabracán sentía grandes ganas de comérselos; se le hacía agua la boca, bostezaba y la baba y la saliva le corrían a causa del olor excitante de los pájaros.

Luego les preguntó: -¿Qué es esa vuestra comida? Verdaderamente es agradable el olor que siento. Dadme un pedacito, les dijo.

Diéronle entonces un pájaro a Cabracán, el pájaro que sería su ruina. Y en cuanto acabó de comerlo se pusieron en camino y llegaron al oriente, adonde estaba la gran montaña. Pero ya entonces se le habían aflojado las piernas y las manos a Cabracán, ya no tenía fuerzas a causa de la tierra con que habían untado el pájaro que se comió, y ya no pudo hacerles nada a las montañas, ni le fue posible derribarlas.

En seguida lo amarraron los muchachos. Atáronle los brazos detrás de la espalda y le ataron también el cuello y los pies juntos. Luego lo botaron al suelo, y allí mismo lo enterraron.

De esta manera fue vencido Cabracán tan sólo por obra de Hunahpú e Ixbalanqué. No sería posible enumerar todas las cosas que éstos hicieron aquí en la tierra.

Ahora contaremos el nacimiento de Hunahpú e Ixbalanqué, habiendo relatado primeramente la destrucción de Vucub-Caquix con la de Zipacná y la de Cabracán aquí sobre la tierra.

Muerte de Cabracan  por Diego Rivera


FIN DEL PRIMER LIBRO

martes, 28 de enero de 2014

A la Ciudad de Guatemala (Antigua Guatemala) de Rafael Landívar

Rafael Landívar
Salve cara Parens,
 Dulcis Guathimala, Salve

A la Ciudad de Guatemala (Antigua Guatemala) Rafael Landívar


Versión de Manuel José Arce y
Valladares, con la colaboración
del latinista José Manuel
Barbales.

Salve, madre amada, dulce Guatemala, salve.
Fuente, origen, delicia de mi vida.
Cómo alienta recordar, patria, tus dones;
Tus fuentes y tus calles, tus iglesias, tus casas y templado clima.

Ya me parece distinguir tus ricos bosques,
tus campos siempre verdes por el don de perpetua primavera.

Y recuerdo los ríos que por tu suelo corren
y de árboles umbrosos cubiertas las riberas.
Ya las casas por dentro bellamente adornadas
y los muchos vergeles engalanados con idalias rosas.

¿A qué hablar en las lanas, teñidas con el múrice de Tiro
y a qué hablar de las sedas de lujo esplendoroso?
Todos estos recuerdos avivan mi amor patrio
y para mis nostalgias son el más dulce alivio.

Pero me engañan locas ilusiones
y ocupan sueños vanos el pensamiento mío,
pues lo que ha poco fuera alcázares, templos y soberbia
capital de un gran reino, es un montón de ruinas.
Ya no queda a sus gentes ni calles ni edificios
y no estarán seguras ni escalando las cimas.
En hórrida catástrofe precipitóse todo
como herido por Júpiter con sus alados fuegos...
Pero, ¿por qué dolerme, si surgen de sus ruinas
los altos edificios, los elevados templos
y los ríos reparten sus aguas abundosas?

Llena la muchedumbre nuevamente las calles
porque vuelve a los hombres la quietud anhelada;
y, como el ave Fénix, de sus propias cenizas,
has surgido a una vida más feliz, Guatemala.

¡Regocíjate. madre, del reino ciudad ínclita!
Que vivas muchos siglos sin tener nueva ruina.
Heme aquí con mis cantos pronto a exaltar tu triunfo,
de una súbita muerte, de los astros dormidos a la etérea región.

Entre tanto, recibe mis dolidos acentos
y sé tu, patria mía, mi mejor galardón.

Guatemala, octubre de 1931.



Universidad de San Carlos de Guatemala
Publicación Trimestral Número 21
Estudios Landivarianos
Volumen I
Guatemala, 1950

sábado, 2 de noviembre de 2013

El Chucho sin Dueño (Cuento)

"...se enroscó sobre las baldosas frías
del corredor de una casa llena de
maléficas sombras..."

EL CHUCHO SIN DUEÑO

I

¡Siempre fue un misterio...!

Nunca se supo de dónde había llegado aquel perro.

Lo cierto es que un domingo se le vio por primera vez en el pueblo.

Todos lo miraban con cautela, aunque el animal les agradaba.

El perro se notaba cansado.

A la vez daba muestras de desesperación. Ya iba, ya venía de una a otra puerta y en vano buscaba con angustia el olor del amo.

¡Jamás halló la huella perdida!

Abatido y hambriento al quinto día de vagar, con lentos movimientos de tristeza se enroscó sobre las baldosas frías del corredor de una casa llena de maléficas sombras.

Los vecinos de San Juan, de tanto ver horribles fantasmas en aquellas vivienda, dieron en llamarla La casa de los espantos.

Posteriormente le llamaron. La casa de la sabia.

Le dieron ese nombre porque allí vivía una niña, llamada Blanca Lydia. De ella se contaba con sorpresa y aire de misterio, que había llorado estando aún en el vientre de la madre.

La versión sirvió de fundamento para creer que la niña gozaba de privilegios extraordinarios. Entre ellos el de ser vidente...

¡Siempre fue un misterio...!

Nunca se supo de dónde había llegado aquel perro. 

Lo cierto es que después de varios días, se encariño con la casa y echó raíces de querencia en ella. Allí dormía y no lo pudieron retirar de ese lugar.

-Con el correr de los meses, la arrogante estampa del perro se esfumo a fuerza de hambre y la mano del abandono la modeló sobre los vaciados del trascijamiento.

Cuando llegó a ese estado la gente le huía.

El perro despedía mal olor; el roñoso jiote sustituyo en su cuerpo el suave y brillante pelo que lo acreditaba como perro noble y de casta fina.

El animal vagabundeaba por todas partes, pero nunca le iba tan mal, como cuando pasaba por la escuela. Al pasar por ese lado, los niños lo apedreaban gritando: "Allí va el chucho sin dueño".

Por su calidad supo sobrellevar los riesgos de la inclemencia, pero cuando los instintos del hambre le hicieron aullar se volvió mañoso.

Por esa causa lo castigaban con severas apaleadas.

Pero no le quedaba otro recurso; después de sufrir la paliza, volvía a las andadas.

De esa cuenta, el perro llegó a ser hábil ladrón.

Así se mantuvo. Esa fue la trayectoria de su nueva vida en el pueblo de San Juan Patrón.


II

Blanca Lydia dejó de ser sabia y se convirtió en novia. Es decir, al querer, perdió la videncia y el poder.

Muchos apuestos y variados mozos, le visitaban. 

Mas en la calle se afirmaba que sólo Aníbal Segovia era el novio. Además se sabía que en breve pediría su mano.

¿Quién no sabía de aquellas relaciones?

Todos los vecinos lo sabían y mientras los novios divagaban en nubes de románticas ilusiones, unos aprobando y otros criticando, ellos a la chita-callanda discurrían tales amores.

Con el ir y venir de las voces que llevaban y traían las gentes del pueblo, la noticia llegó a oídos de Miguel Ángel Flores.

Pero era hombre por sencillo crédulo y además confundía la amabilidad con querer de una mujer.

Esa ingenuidad le hizo creer que Blanca Lydia, le amaba de verdad porque en más de una vez, le fue amable y hasta se rió con él. También en ciertas ocasiones Blanca Lydia recibió de sus manos, lindos ramos de flores.

Pero era hombre por sencillo crédulo y además confundía la amabilidad con el querer de una mujer.

Esa ingenuidad le hizo creer que Blanca Lydia, le amaba de verdad porque en más de una vez, le fue amable y hasta se rió con él. También en ciertas ocasiones Blanca Lydia recibió de sus manos, lindos ramos de flores.

Pero, ¿de quién no recibía flores, si la gente le rendía homenaje y por bonita decían que era reina o patrones del pueblo?

La noticia llegó a Miguel Ángel Flores, como torbellino de amarguras y el amor propio le hizo sentirse traicionado porque estaba ciego de amor por ella.

Herido en ese sentido, los dardos del despecho le destrozaron el corazón. Los embates de la dignidad le embotaron la cabeza.

¡El hombre se vio abrumado!

Luego, ya sin freno moral, se aceleró en su pecho el péndulo de la venganza.

En seguida, casi dentro de los límites de la locura, juró una vez y volvió a jurar que se vengaría.

Hizo una cruz sobre la tierra y la besó. Al tiempo de besarla, juró otra vez más, diciendo: "Blanca Lydia, ni para mí, ni para nadie...".

Y el loco se perdió en el fondo de una calle jurando grito en garganta pronta venganza.


III

Con el cartelón de la amenaza, los días pasaban tediosos.

Todo era visible, el vecindario lo adivinaba. Lo único que no se miraba, era la aguja del destino que caminaba como un segundero en el reloj de la vida.

La lentitud de las horas, la amargura del tedio, y el nerviosismo de los desvelos pusieron a Blanca Lydia, con la situación de cara hacia un camino lleno de abrojos.

Y fastidiada Blanca Lydia por la presencia del perro hediondo, en arrebatos de mal humor, derramó una jarra de agua caliente sobre la cabeza del noble animal.

Quizás su intención fue retirado del lugar, pero no lo consiguió.

El perro a pesar de su dolor, siguió queriéndola; mas no abandonó el corredor de la casa.

¡Causaba lástima ver aquel animal!

Caminaba con la cabeza vencida casi arrastrándola. La oreja izquierda florecida de gusanos. El dolor y los punzazos de la intención lo llevaban en esa esa situación.

Por donde pasaba dejaba huellas de sanguaza.

Los días pasaban tediosos. Todo era visible, el vecindario lo adivinaba. Lo único que no se miraba, era la aguja del destino que caminaba como un segundero en el reloj de la vida.

La lentitud de la horas, la tortura de los celos y la locura de la venganza, pusieron a Miguel Ángel Flores con la situación de cara hacia el camino del crimen.

Y una noche lóbrega, tenebrosa y sin estrellas, tal como es el alma del destino, logró burlar toda vigilancia y penetró en las habitaciones de la niña.

Nadie lo vio. Nadie lo sospechó.

Sólo el ojo avizor del doliente animal, mantenía vigilancia en torno a la casa donde vivía la codiciada niña.

Blanca Lydia estaba con la vida en un hilo.

Décimos de segundo faltaban para que el vengador enfundara en el inocente pecho de aquella criatura, su filosa daga.

Mas el perro, sacando fuerzas de flaqueza, con rabiosa furia, atacó al asesino.

Le desgarro las sentaderas y de una fuerte e instantánea sacudida lo tumbó al suelo.

En el piso se devanaban dentro de una poza de sangre Miguel Ángel Flores y el perro guardián de la niña.

Mientras tanto Blanca Lydia al despertar, gritó pidiendo auxilio.

La familia presta llegó y el loco al verse acosado, pies en polvorosa huyó.

Y el perro, ¿a esa hora donde estaba? Se hallaba sobre las baldosas frías del corredor; se hallaba fatigado; se hallaba agotado.


IV

¡Siempre fue un misterio...!

Nunca se supo de donde había llegado aquel perro.

Lo cierto es que en el caso de la niña que estuvo a punto de ser muerta, el perro fue su ángel salvador.

La lentitud de las horas, la desesperación del mal que llevaba en la oreja y el instinto de fidelidad, pusieron al noble animal con la situación de cara hacia el camino de la muerte.

Todo el pueblo comentaba la tragedia, y cuando el abuelo de Blanca Lydia llego con un collar de oro a premiar la acción del perro, ya estaba muerto.






Manuel Lemus Racinos
"El Viejo Fila"
Cuentos Orientales
Editorial "José de Pineda Ibarra"
Ministerio de Educación Pública
1964

jueves, 24 de octubre de 2013

El Caso de Belice, Parte 2 El Tratado Godolphin 1670 y la Paz de Utrecht 1713


Parte II

El Tratado Godolphin - 1670 y la Paz de Utrecht -1713

En 1670 se firma en Madrid el tratado de Godolphin, suscrito por el plenipotenciario inglés, William Godolphin y el español, Gaspar Bracamonte y Guzmán. En este tratado, entre otros temas, España termina por reconocer la soberanía inglesa sobre todas las tierras situadas en las "Indias Occidentales" (América) que estuvieran bajo control administrativo británico, "todas las tierras, islas, colonias y dominios situados en las Indias Occidentales...que el rey de la Gran Bretaña tiene y posee al presente", importante el hecho de que no queda especificado en dicho Tratado cuales eran estas tierras. 

Cuando alrededor de dos años después la reina de España emitió una cédula contra la piratería, en la cual ordenaba confiscar todos los barcos cargados con palo de tinte; entonces los ingleses, para defender el derecho (que no tenían) a exportar la madera trataron de reclamar lo pactado en el Tratado de 1670, sosteniendo que los Establecimientos ingleses en Yucatán y por ende el ubicado en lo que hoy es Belice, quedaban comprendidos en dicho Tratado en virtud del uso y ocupación efectivas. (Pero Inglaterra no tenía ninguna colonia o establecimiento oficial en todo el litoral del golfo de Honduras)

España por supuesto rechaza este punto de vista y alega que solo el hecho de habitar una tierra no es en esencia poseerla y que ella no había perdido la soberanía sobre estas regiones. Lo que los ingleses buscaban era justificar y con ello legalizar por así decirlo las usurpaciones cometidas, alegando que las tierras no estaban habitadas por españoles; Godolphin le termina dando la razón a España, ya que de apoyar lo reclamado sería reconocer a Inglaterra el derecho de colonizar tierras propiedad de la Corona Española no habitadas, sería llegar al mismo absurdo de reconocer que España tendría el mismo derecho de colonizar los montes y ríos de la Inglaterra deshabitada; por otro lado Godolphin recomendaba que el corte de madera se hiciera encubierto y a trasmano (under hand), y trato de convencer a España para que aceptara tal practica.

Sir William Godolphin
Un mes después de la carta de Godolphin, la Reina de España expidió otra cédula declarando piratería la ocupación no autorizada, y el comercio con las Indias Occidentales. "A partir de entonces la actitud británica fue de un aparente reconocimiento incuestionable de la soberanía española; acompañado, durante más de cuarenta años, de esfuerzos patéticos para inducir a España a conceder el privilegio del corte de madera"1.

A pesar de dicho Tratado, la Corona Inglesa continuaba protegiendo abiertamente a los piratas, los cuales se internaban en territorios de Yucatán, Campeche y Guatemala. Así, en el año de 1696, se apoderan de la isla de Tris en la laguna de Términos (actualmente se le conoce como Isla del Carmen, Campeche). La gota que derrama el vaso, y el virrey de México, por ordenes del Rey de España, envía contra ellos una expedición al mando de Alonso Felipe de Andrade, quien de manera brillante derrota a los ingleses y los desaloja de la isla en el año 1717 después de 21 años de ocupación.

La Paz de Utrecht 1713

Ya en 1713, España había sentado definitivamente su interpretación del Tratado de 1670, en el sentido de que quedaban excluidos de dicho tratado los "Establecimientos Madereros". Las proposiciones presentadas para el tratado de Utrecht por parte de Lord Lexington quien, mas o menos tenía la misma línea que la de Goldphin, contiene, según Alder Burdon, "una abyecta confesión de culpa de la Gran Bretaña y el propósito de sujetar el corte de palo a la licencia y al buen comportamiento". Los artículos propuestos por Lexington no fueron incluidos en el tratado, sino que más bien se introdujo una cláusula de redacción ambigua en la que parecía reconocerse ciertas "libertades y facultades a los ingleses existentes antes del tratado, y que más tarde sirvieron de base a la argumentación inglesa de que dicha clausula reconocía los derechos de Inglaterra sobre Belice".2

De 1717 a 1729 se desarrolla en Europa la guerra entre España e Inglaterra, durante la cual España sostuvo que los frecuentes hechos de armas e incursiones para expulsar a los piratas madereros no habia sido reclamados por Inglaterra, lo cual equivaldría al reconocimiento de la soberanía española. Mientras esto pasaba en el Viejo Mundo; en las colonias, Figueroa y Silva, gobernador y capitán general de Yucatán, llevaba a feliz término su brillantísima campaña, que dio por resultado la expulsión de los piratas de todos los puntos que ocupaban y culminó con la ocupación y destrucción de Belice, "sin consideración alguna al gobierno inglés a quien no se consideraba interesado en aquel nido de bandidos".3 La primera reclamación formal hecha por inglaterra, fue, precisamente en 1729, después de la paz de Sevilla, fecha en que denunció como vejatorios los heroicos hechos de Figueroa en Belice; el Gobierno español reprobó entonces la campaña de Figueroa, pero, arrepentido más tarde de su injusticia, retiró la reprobación. Este gran capitán murió en 1733, "con la muerte de Figueroa perdió Yucatán el más grande de sus gobernadores, y a su patriotismo, valor, celo y constancia debe México el que su suelo no haya sido hollado por los ingleses y que estos se hayan concentrado a despojar a la débil Guatemala de los 20,000 Kilómetros cuadrados que, contra jure, aún conservan en posesión".4

Conclusiones

En el tratado de Godolphin, se encuentra una llamada que aclara cuáles eran las posesiones británicas en América a la fecha del tratado, dejando ver que Inglaterra poseía en 1670:
La Isla Barbada,
La Nueva Inglaterra,
La San Cristobal,
La Canadá,
La Jamaica,
La Nevis,
La Antigua,
La San Vicente,
La Dominica,
La Monserrate,
La Anguila,
La Carolina,
La Nueva Founkland,
La de Tabuco,
La Providencia,
Puerto Rico,
La de Barran,
Las Virgenes,
La Sombrero,
San Martín,
Sabá,
Estacca,
Las Nieves, Redonda, Tilán, Taria, Guadalupe, La Deseada, Marigalan, Todos Santos y las provincias de Nueva Jersey, Pensilvania, Maryland y Nueva York.

Como puede observarse, El campamento de Belice no se encuentra comprendido en esta extensa lista. por lo que es completamente absurdo alegar que dicho territorio quedaba considerado en dicho tratado de 1670.

Despues de la muerte del destructor de la guardia de piratas en Belice, El Gran Capitán y Gobernador de Yucatán, Antonio Figueroa y Silva, aquellos volvieron a ocupar los cayos cercanos a la costa, y en 1737 se establecieron otra vez en el territorio, avanzando continuamente y practicando el contrabando. Para evitar esto, España celebró con Inglaterra, en 1739, el tratado del Pardo, pero Inglaterra cometió tan flagrantes violaciones a dicho tratado, que España se vio obligada a declararle la guerra, que terminó con el tratado de Aquisgrán de 1748. De aquí en adelante, en 1750, 1753, 1756 y 1761, España insistió formalmente en sus derechos y no vaciló en calificar como robo el corte de madera.

El Caso de Belice
Gustavo Santizo Gálvez
y
Belice Tierra Nuestra
Francis Gall
Editorial "José de Pineda Ibarra"
Ministerio de Educación Pública
1975 y 1962 respectivamente

Notas:
1. John Alder Burdon, "Archives of British Honduras", 1931-1934.
2. Burdon, obra citada.
3. Asturias, "Belice", 1925, página 19.
4. Asturias, obra citada, página 20.

jueves, 10 de octubre de 2013

El Caso de Belice, Parte 1 Fundación del Establecimiento de Belice



Parte I

Fundación del Establecimiento de Belice

ANTECEDENTES

Durante los cuarenta y cuatro años del reinado de Isabel Tudor, Inglaterra da los primeros pasos hacia la formación del más vasto imperio colonial que se conoce. Sus naves surcan todos los mares y sus hombres inician, con muy diferentes procedimientos, el apoderamiento de grandes y pequeñas extensiones territoriales en todos los continentes.

La insigne hija de Enrique VIII no veía con buenos ojos el poderío que cincuenta y cinco años antes, había dado a España el talento y la audacia de un incomprendido genovés al tomar posesión a nombre de los Reyes Católicos, de los inmensos y riquísimos territorios de las Indias Occidentales. Su desmedida ambición, nota peculiar de su carácter, la llevó a emplear todos los medios posibles para acabar con la grandeza, ya un tanto menguada por la ineptitud de sus dirigentes, de la potencia política y militar más influyente de su época.

Con este fin, no vaciló en atacar el corazón mismo de la España de entonces, minando en sus colonias las verdaderas fuentes de su poder y de su gloria. Protegió abiertamente a brillantes aventureros, quienes, comandando a verdaderos bandidos de mar, se dedicaron a la fructífera tarea de asolar las costas americanas sin el menor respeto a la soberanía de España ni a la vida de sus súbditos, que, por otra parte, la metrópoli no estaba en posibilidad de proteger dada la situación política del momento en Europa, las inmensas distancias que la separaban de sus colonias y la innegable decadencia de su marina.

Esos merodeadores (algunos "verdaderas glorias de Inglaterra") que la política ambiciosa de Isabel lanzo sobre las indefensas colonias españolas en América, dejaron a su paso las más terribles y sangrientas huellas; su obra, continuada en un lapso de más de docientos años, fue de tremenda consecuencias para los países costeros del mar Caribe, los cuales sufrieron, por las hazañas de aquellos insignes navegantes, la pérdida de cientos de vidas, la destrucción de aldeas y pueblos, el saqueo de ciudades enteras, la usurpación de territorios y que, a la postre, pagaron, según una opinión inglesa, como tributo a las armas conquistadoras (?) de tan distinguidos marinos, con un paupérrimo territorio, sin ningún valor estratégico y de apenas 22,270 kilómetros cuadrados: Belice.

La primera noticia que se tiene de la aparición de estas "buenas gentes" en los mares americanos, se remonta al año 1570, fecha en la que, según refiere Francisco Asturias, la América Central tuvo que cambiar sus rutas comerciales por los mares del sur a causa de que los piratas tenían bloqueados todos los pasos del norte. La primera invasión de territorio americano no se efectúa, sigue diciendo Asturias, sino "hasta enero de 1572, en que se presentan en Puerto Caballos tres navíos franceses y una chalupa con corsarios luteranos"1.

No vamos a hacer aquí la reseña histórica de la interminable serie de crímenes cometidos en las Américas por los piratas al servicio de Francia e Inglaterra, naciones que, en aquellos tiempos, se hallaban interesadas en el debilitamiento de España. Dando un salto de cien años, nos colocamos en 1670, en que ya se encontraban los piratas ingleses establecidos en territorios pertenecientes a la parte septentrional de la Capitanía General de Guatemala.

¿Cómo y cuando llegaron y se apoderaron esos señores de aquellas comarcas? Es una cuestión acerca de la cual no se han puesto de acuerdo los historiadores. Isabel I, quien como hemos mencionado fomentó la piratería para enriquecer a la Gran Bretaña con el producto de la rapiña, haciendo nobles a individuos de carácter cínico y licencioso y de sin rival audacia, como Sir Walter Raleigh y Sir Francis Drake.

Sir Walter Raleigh
Un aventurero escoses llamado Peter Wallace, hombre de confianza y lugarteniente de Sir Walter Raleig en todas sus piraterías, al enterarse que había sido reconocida la hermosa bahía de Santo Tomás de Castilla, llamada después de Atique y hoy de Amatique..."compró seis buques que los tripulo con la gente más desalmada de Londres y se dirigió a la América el día 14 de mayo de 1603... me imagino que es en esta expedición cuando él llega a la desembocadura del Rió Viejo, que desde entonces comienza a llamarse de Wallace o de Belice"2. La relación que hacen algunos historiadores, situando la fundación de Belice en el año de 1717, al ser desalojados los piratas ingleses de Yucatán y Campeche por Alonso Felipe de Andrade, parece falsa, puesto que Wallace murió en 1621, poco después de haber fundado la ranchería de Belice en la desembocadura del Rio Viejo.3


La primera noticia que se tiene del Establecimiento, es un informe de 1680 relativo a la captura por los españoles, de un barco cerca de los cayos de Yucatán, o cayos de Turrinife -hoy Turrneffe- en los arrecifes situados frente a Belice.4

En el primer intento autorizado oficialmente para hacer la historia de la colonia, se asienta que el Establecimiento no es anterior a 1650. (Honduras Almanack, 1826).

También se atribuye el descubrimiento de la desembocadura del Río Belice, a Wallace, un teniente de piratas de quien se deriva el nombre Belice. (Honduras Almanack, 1827).

Otra versión afirma que el Establecimiento fue fundado en 1638, por unos marinos náufragos. (Honduras Almanack, 1829).

No falta quien considere como fundador del Establecimiento, a un jefe de corsarios escoceses, nativo de Falkland, llamado Wallace, que habiendo sido desalojado de la isla de Tortuga, erigió algunas cabañas y una fortaleza en el punto que los españoles llamaron Wallis o Belis. (Homduras Almanack 1839).Briges, asienta que fue Wellis, el famoso bucanero y ex gobernador de Tortuga, el que se estableció nuevamente en el río y le dio su nombre en 1638.5

Bancroft. afirma que fue Peter Wallace, con ochenta hombres, el primer colonizador.6

La Enciclopedia Británica atribuye el origen del Establecimiento en la Bahía de Honduras a cortadores de palo tinte que habían sido bucaneros y que se establecieron allí, en el año de 1638.7

Alder Burdon dice que hasta hoy es imposible afirmar nada en definitivo sobre este asunto. Nosotros creemos que el Establecimiento fue fundado entre los años de 1603 y 1617, ya que con anterioridad a la fecha primeramente citada, no se encuentran noticias de que el pirata que le dio su nombre a Belice, haya merodeado por el golfo de Honduras.

Lo cierto es que en el año de 1670 ya se encontraban los piratas ingleses, en número de 700, establecidos en la desembocadura del río Belice, haciendo de este punto el centro de operaciones de sus correrías y pillajes, a la vez que se dedicaban al corte de palo de tinte o de Campeche, con cuyo objeto se habían extendido hacia el interior del territorio, avanzando en todas direcciones.

Palo de Tinte o de Campeche
Refiriéndose a los cortadores de palo de tinte o de Campeche, en Belice, así como a los contrabandistas holandeses, nos dice Alcedo:8

"Quando los marineros en Jamayca se ven perseguidos por deudas o delitos, se embarcan para la bahía de Honduras; el equipage que llevan consiste en provisión de hachas, escoplos, sierras, cuchillos grandes, una piedra de afilar, un fusil, pólvora, balas y perdigones, que todo lo encierran en una arca y una tienda lada con una cuerda; su ocupación es cortar la madera más cerca del mar que es posible, y las tartanas de la Nueva Ynglaterra que van a Jamayca; si no encuentran allí carga, vienen a esta bahía a buscarla; muchas veces juntan montones los cortadores antes de tiempo, y si los dexan solos no se atreve nadie a tomarlos. ESTE TRAFICO SE HIZO UNA MADRIGUERA DE PIRATAS, Y DE MALHECHORES DE MARTINICA, JAMAYCA Y CURAZAO Y DEMÁS YSLAS ACOSTUMBRABAN BUSCAR GENTE EN LA BAHÍA, QUE ERAN ATREVIDOS, HECHOS A LA FATIGA, BIEN ARMADOS Y BUENOS MARINEROS"...(Los subrayados son del suscrito). 


¿Cuál era el título de la presencia de los ingleses en aquellas regiones en 1670? No tenían ningún título legal, habían cometido una verdadera usurpación de territorios pertenecientes a la Corona de España, y el corte de madera al que se dedicaban, no podía calificarse más que robo.

Es más, el pirata Wallace y los que le sucedieron, no ocupaban los territorios a nombre de la Corona Inglesa, lo cual se desprende del tratado de Utrecht de 1713, celebrado entre Inglaterra y España, puesto que "ni en el Tratado de Utrecht celebrado en 1713... ni en tratado alguno anterior se habló nada respecto de Belice; no obstante que por aquella estipulación obtuvo Inglaterra cuanto podía desear, pues se hizo dueño de Gibraltar y de la isla de Menorca, y se le concedió el privilegio exclusivo del tráfico de negros en la América Española".9 Así pues, Inglaterra no tenia, en 1670, ninguna posesión, ni colonia, ni establecimiento alguno en Belice, que no era más que un nido de bandidos. Todos los malhechores de la Martinica, Jamaica y Curazao, se reconcentraban en la "Bahía" haciendo de Belice un verdadero nido de piratas y ladrones.10

Notas:
1. Asturias, "Belice", 1925, página 11.
2. Asturias, obra citada, página 8.
3. Asturias, obra citada, página 8.
4. John Alder Burdon, "Archives of British Honduras", 1931-1934.
5. "Annals of Jamaica", 1928.
6. "History of Central America", 1883.
7. El Caso Belice, Sentencia y voto razonado en contra, Corte de Constitucionalidad, 1993.
8. "Diccionario Geográfico-Histórico", Alcedo, página 369.
9. Manuel Peniche, "Historia de las relaciones de España y México con Inglaterra sobre el Establecimiento de Belice". 1869.
10. Thompson, "Geographical and Historical Dictionary of America and the West Indies".

Gustavo Santiso Gálvez
El Caso de Belice
A la Luz de la Historia y el Derecho Internacional
Editorial "José de Pineda Ibarra"
Ministerio de Educación Pública
1975

miércoles, 9 de octubre de 2013

La Tentativa del León y el Éxito de su Empresa

I

INVOCACIÓN

La tentativa de abatir al hombre
que por su ingenio y su virtud se eleva,
cantar deseo, Musa, si propicia,
de tal conformidad mi voz alientas,
que sugiera instrucciones saludables
al mismo tiempo que a la risa mueva.

II

LA VOZ MATERNA

Había en los desiertos africanos,
entre un grupo de rocas, una cueva
donde parió una leona su cachorro
y le ocultó con suma diligencia.
Después que con su leche le ha nutrido,
de carnes elegidas le alimenta,
y da, con excelentes instrucciones,
la última mano a su piedad materna,
le refiere sus nobles ascendientes,
no para que sus glorias le envanezcan,
sino para que imite sus virtudes,
cuyos modelos tiene tan cerca.

-¡Qué gloria, tener -dice- un padre ilustre!
¡Qué confusión el no seguir sus huellas!
¿Hablarás del honor de una familia
que en ti produzca su mayor afrenta?
Debes ser compasivo y generoso,
por lo mismo que nadie tiene fuerza
para dañarte, y, exceptuando el hombre,
todo a tu fuerte imperio se sujeta.



III

CONTRA LA SOBERBIA HUMILDAD

El león orgulloso aquí se enoja,
sus ojos, encarnados centellan,
la piel movible de su frente se agita,
y erizada sacude la melena.

-¿Quién es -pregunta- quién, ese viviente
que resistir a mi pujanza pueda,
cuya sola mención ha acibarado
las palabras más dulces y halagüeñas?
Con solo...(En ese instante da un bramido
que estremece la gruta, el bosque atruena,
y el eco que repiten las montañas
por todo el horizonte se dispersa).

-El hombre -dice la prudente madre-
es animal de una maldita fuerza
que la suele aumentar el ejercicio,
sin que a la tuya compararse pueda;
mas, con sagacidad, industria y maña,
todo lo rinde, todo lo sujeta:
oprime el mar, se sirve de los vientos,
arranca las entrañas de la tierra,
y, lo que me horroriza al referirlo,
el rayo ardiente a voluntad maneja.
Y así, evita encontrarlo; huye hijo mío;
acelerado corre a tu caverna...
es el hombre feroz con sus hermanos
¿cómo no lo será con una fiera?

-¿Qué yo me esconda? -dice-. ¡He de buscarle,
y en singular batalla, aquel que venza 
tendrá la primacía, no fundada
en la opinión, fundada en la experiencia!
Sé que temeridad y cobardía
son dos extremos que el valor detesta;
mas se deben probar todos los medios
de conseguir una gloriosa empresa.

-La ardiente juventud te precipita,
-le replica la madre- no es prudencia
buscarse por sí mismo la desgracia,
aunque es valor sufrirla cuando llega.
Entonces el león dice: -¿Haré alarde
¡pese a mí! de rendir la mansa oveja,
que no pudiendo oscurecer mi gloria,
de mis garras es víctima indefensa?
Estoy determinado; no te canses
en oponer a mi pasión violenta
de la razón los débiles estorbos...
¡O me veas triunfante o no me veas!



IV

EN BUSCA DEL HOMBRE

Dice -y al punto, presuroso, parte,
cuando la noche a descorrer empieza
el manto oscuro, que hace majestuoso
el pálido esplendor de las estrellas.

Sin rumbo fijo, sin torcer el paso,
por el tupido bosque se abre senda,
insensible a las puntas de las zarzas,
que le hacen obstinada resistencia.

Sale por fin al anchuroso campo,
y en él, un animal se le presenta
que, a los plateados visos de la luna,
con atención, mas sin temor, observa.

-Robusta es la cerviz -dice- en la frente
tiene con sus adornos la defensa.
¡Qué nerviosos los pies! ¡Qué forcejudas
deben ser esas manos corpulentas!
¡Con cuanta impavidez, qué satisfecho
yace, creyendo que ninguno pueda
tener atrevimiento de inquietarlo,
disputando con él la preeminencia!
Entre tanto, distraído tremolaba
la cola, que, al tocar las hojas secas,
caídas de los árboles vecinos,
formaba ruido extraño que amedrenta...
Era el rendido buey que descansaba,
para tornar de nuevo a su tarea.

Perezoso se apoya en una mano,
la otra después, con lentitud asienta,
e impeliéndose, al punto de levanta,
dejando ver cuál es su corpulencia.

Retirarse el león, es de cobardía;
hacerle frente, peligrosa empresa:
cualquier extremo tiene precipicio;
mas después de un momento, delibera
que es preferible una gloriosa muerte
a una vida comprada con bajezas.

Así determinado, se adelanta
excusando camino al que sospecha
ser el hombre, a quien busca y furibundo,
y horrible y denotado se presenta.



V

INTERROGA AL BUEY

-¿Tú eres -le dice- el hombre, que presume
ser sólo él, soberano de la tierra,
creyendo que su rango y primacía
todo animal, temblando reverencia?
-No -responde- ¡ay de mi! no soy el hombre;
soy de los infelices que sujeta,
y a quien por los más útiles servicios
da la más dura y vil correspondencia.
Al punto que nací, mando a mi madre
que mi alimento natural partiera
entre él y yo, y sólo a ciertas horas
tomaba hambriento las ordeñada teta.

Después impuso a mi cerviz el yugo,
aun antes de cumplir tres primaveras,
para hacerme arrastrar cargas enormes;
y si el peso y el sol me desalientan,
en lugar de apiadarse, enfurecido,
con su aguijón me hiere sin clemencia.

Si en las sutiles cañas, las espigas,
agitadas del aura, balancean,
yo he preparado el delicioso cuadro,
abriendo surcos en la dura tierra
que con tanta abundancia le produce
el grano, cuyas pajas me presenta.

¡Ay! Cuando me envejezco en su servicio
¿de qué suerte corona mi carrera?
Después de maniatarme, a sangre fría,
me da el golpe fatal: no le penetran
los gritos y clamores repetidos
que mis útiles obras le recuerdan.

Mira sin conmoción correr mi sangre,
y se sirven mis carnes en su mesa
¡sin horror!, como vianda delicada...

Y pues esto del hombre te da idea,
toma ese rumbo y apresura el paso,
que yo debo tomar la parte opuesta,
porque si tú deseas encontrarle,
yo apetezco y procuro no me vea.



VI

NOCHE TRISTE

La fiera rencorosa, estas palabras
escuchó con asombro, y no sospecha,
que acaso el buey sea uno de los criados
que hablan mal de sus amos y exageran
lo bien que sirven y lo poco o nada
que por ser fieles y oficiosos medran.

Es su enemigo el hombre y eso basta
para creer las calumnias más groseras,
pues así le parece, justifica
el odio que en su pecho reconcentra.

Mas el taimado señaló aquel rumbo
deseoso de acabar la conferencia
y así le hizo vagar toda la noche,
sin hallar cosa que a hombre se parezca.

La Aurora, cuyos labios como rosas
una sonrisa tímida bosquejan
escucha las pintadas avecillas
que con dulces gorjeos la celebran;
en tanto, el león descubre otro viviente
que al buey en la estatura se asemeja.



VII

LA OFENSA DEL CABALLO

Al él dirige su marcha acelerado,
y con tono insultante, así que llega,
-¡Eh! ¿Tú eres el vil hombre? -le pregunta,
pero aquel animal, que airoso muestra
gallarda petulancia y noble orgullo,
no le da tan de pronto la respuesta-.

Primero atentamente lo examina,
en los pies se recarga, ambas orejas
hacia él dirige e impávido responde:
-Del hombre, a quien se rinde mi soberbia,
un criado soy, que con placer de sirvo,
tomando como mías sus empresas-.

En sus largas jornadas lo conduzco
puesto sobre mi lomo; con la espuela
me bate los ijares y yo entonces,
corriendo más veloz que una centella,
alcanzo a los rebeldes fugitivos
que no quieren estar a su obediencia.

Si es demasiado mi fogoso empeño
con el freno al instante lo modera
y con el mismo freno me prescribe
el paso en que he de andar y por qué senda.

¡Qué peligros arrostro por servirle!
cuando el clarín y los timbales suenan,
erizada la crin, hiriendo el suelo,
como sensible a la gloriosa empresa,
lejos de amedrentarme los horrores,
a mi señor advierto la impaciencia
con que deseo entrar, por él, en parte
de los riesgos y afanes de la guerra.

Sonó entonces de lejos un relincho,
y el caballo al oírlo: -Aunque quisiera
seguir hablando -dijo- me precisa
ir a donde me llaman con urgencia.

Luego, volviendo las torneadas ancas,
con tal ímpetu emprende la carrera,
que a la fiera en los ojos encendidos
con las patas arroja las arenas.

Al león, no el dolor, sino el insulto,
le es insufrible. De la acción violenta
jura vengarse, y para hacerlo pronto,
sus ojos frota con las manos vueltas;
mas después que los abre, el veloz potro
ya no parece en la llanura inmensa.



VIII

OTRA VEZ SOLO

Sigue, no obstante, por el mismo rumbo,
creyendo que se oculta en las hileras
de unos frondosos árboles que mira;
mas pierde la esperanza cuando llega
al sitio majestuoso consagrado
al genio reflexivo...

Las Napeas
con el dedo en los labios, a los Faunos,
que avanzan por mirarlas más de cerca,
silencio imponen, y las blandas alas
céfiro con ternura mueve apenas.
Duerme la Ninfa de una clara fuente
que deja ver su reluciente arena;
copia después los sauces de la orilla
y más en lo profundo representa
la perspectiva augusta de los cielos
por la parte oriental, que Febo incendia.

¡Qué hermoso carmesí! ¡Qué franjas de oro!
La avenida de luz por allá deja,
sobre un hermoso fondo azul celeste
un jaspeado color de madreperla.

Al león, este cuadro nada importa,
siendo su celestial magnificencia
para aquel corazón bueno y sensible,
que odio, envidia, venganza, no envenenan.

Trepa ligero al sauce más antiguo:
Mira por todas partes y no encuentra
por ninguna el objeto de sus iras;
pero siendo oportuno a sus ideas
aquel sitio, en el brazo más robusto
que hay en la rama principal, se sienta.



IX

ESCUCHA AL PERRO

Ve desde ahí venir hacia la fuente
un animal de poca corpulencia,
aunque muy bien formado, que clamando
con vos aguda, su dolor expresa.
Cuando llegó a distancia en que podía
el león escucharle ¡Qué sorpresa!
¡qué accesos de furor! Habla del hombre,
a quien, como si oyéndole estuviera,
con dulce entusiasmo del cariño,
le dirige la voz de esta manera:
-¿Dónde, señor, estás que no me escuchas?
¿Quién como yo te advierte los peligros
o se expone a morir en tu defensa?
Ningún criado te da más testimonios
de amor, de sumisión y de obediencia;
pues si las leves faltas me castigas,
no opongo a tu furor más que la queja.
Lamiéndote la mano que me hiere,
y postrado a tus pies, pido me vuelvas
a tu amistad, y una mirada tuya,
golpes, desprecios, todo lo compensa.
Si me mandas seguir alguna caza,
¡con qué empeño, qué celo, qué presteza,
la persigo, la alcanzo y de ella triunfo!
Mas sobrio te la entrego, sin que pueda
mi integridad faltar, aun en el caso
de que el hambre furiosa me acometa.
Cuando duermes, yo velo cuidadoso;
rondo la casa, porque no sorprenda
algún extraño tan preciosa vida;
muestro, además, mi celo en la defensa
de animales a quienes dañaría,
si el placer que te causan no advirtiera.
Mas por aquí el olfato... ciertamente...
si, por aquí pasó, según la huella
decía el perro, oliendo las pisadas
que vio estampadas en la blanda tierra.
Sigue el rastro, creyendo que ninguno
nada de cuanto dijo oírlo pudiera
-¡Y el enemigo lo escuchaba todo!-
¡Esas facilidades de la lengua!



X

CONFLICTO INTERNO

El león, confundido, no concibe
qué magia, qué virtud el hombre tenga,
pues que los animales más valientes,
de grado se le rinden, o por fuerza.
Baja, no obstante, y se encamina al sitio
en el que el perro observó la humana huella;
al llegar, cuidadoso la examina,
y viendo su tamaño, considera
que excediendo a la suya en otro tanto,
tendría su rival doble grandeza.
En traje de prudencia, disfrazado
el pálido Temor, temblando llega,
y tomar la espesura le persuade
con el semblante, la actitud y señas.
Mas luego, la opinión inexorable
que tiraniza el globo de la tierra,
con ojos torvos -¡Qué dirán!- le grita...
No dice más ni aguarda la respuesta.
Venid, acá, censores inflexibles,
no aguardéis a que el éxito se vea
para fallar en tono decisivo:
El león, vuestro sabio juicio espera;
cuando ya no le sirva, si es vencido,
sería locura proseguir la empresa;
como si vence debe ser cordura
no abandonar una victoria cierta.



XI

ENCUENTRA AL HOMBRE

Al león, fatigado, que no sabe
a dónde encaminarse, o qué hacer deba,
un matorral espeso le convida,
y en él, dudoso, a descansar se interna,
notando que ahí puede sin ser visto,
observar cuánto pasa por de fuera.
El sueño le acomete; él se resiste
y le rechaza, en fin, cuando ve cerca
un animal bien hecho, cuya mole
solo sobre los pies mantiene recta.

No arman sus manos -dice- corvas uñas;
es adorno su pelo, no cubierta;
calma y bondad anuncia su semblante;
todo es blandura, gracia, inocencia.
¡En tu favor previenes ser amable!
¿Serás, dulce viviente, serás presa
que esclavice y degrade el feroz hombre?
¡No hará tal, que yo salgo a tu defensa!
Se levanta, se estira, se sacude,
y se dirige al que auxiliar intenta;
mas como ve su turbación, le dice:
-El hombre es a quien busco, nada temas.
-Pues bien, yo soy el hombre que buscabas
¿qué se ofrece? -le dijo con firmeza.
-¿Eres tú -le pregunta- eres el mismo?
-Sin duda soy el mismo -le contesta.
-¿Cómo, exclama el león, tantas maldades
ocultas con tan bellas apariencias?
-Dejemos -dijo el hombre- los insultos
que irritan, aunque propios de una bestia;
y así, para evitar contestaciones
puedes volverte al bosque y yo a la aldea.
-No -responde el león- no nos iremos:
Hoy mismo quiero ver por experiencia
si acaso eres conmigo tan valiente,
como tirano con las otras bestias.
Pone, el hombre, en tortura su discurso
porque le suministre alguna treta
mas la presencia de ánimo no pierde
que es lo que en tales casos aprovecha.
-Mira, dijo al león, siempre la fama...
Ya se ve, es imposible que uno pueda
a todos comentar... más no me opongo;
estoy conforme a lo que tú más quieras
pero antes que riñamos, es preciso
hacer para mi casa un haz de leña;
porque si tú me vences, ya eso menos
tendrá que hacer mi débil compañera;
cundo no, quedaré debilitado,
porque no hay enemigo que no ofenda.



XII

LA IDEA TRIUNFANTE

El león no advertía que en un tronco
cuyas profundas raíces lo sustentan,
y que tenia cerca su enemigo,
una hacha muy pesada estaba puesta,
Tomola, pues, el hombre y ahí mismo
la clavó con tal ímpetu y violencia,
que bien se percibió crujir el tronco,
vibrar el aire, retemblar la tierra.
Después con tono impávido le dice:
si apeteces cuanto antes la contienda,
ven a ayudarme a dividir el tronco.
El león, que el reñir a punto lleva,
-¿Cómo quieres -pregunta- que te ayude?
y el hombre contestó: -De esta manera.
Y atrás doblando un pie, sobre si tira
el extremo del astil con gran fuerza:
En un lado del hacha fue el apoyo;
con el otro venció la resistencia
del tronco, haciendo en él una abertura.
Y pujando dice: -¿Con presteza...
¡Tírala luego por la parte opuesta!
¡Con valor... Ahora... Fuerte! Y el incauto
mete las manos hasta las muñecas
para abrir más el tronco; pero el hombre,
soltando la palanca, preso deja
a su rival, que brama de coraje
y del dolor, que le hace ver estrellas.
Entonces, con irónica risita
le decía: -"Verás por experiencia
si acaso soy contigo tan valiente
como tirano con otras bestias".
¡Rebelde! ¡A palos domaré tu orgullo,
y amarrado después, con fuerte cuerda,
te llevare arrastrado por las calles,
para que en la horca deshonrado mueras!



XIII

VENCERSE ES MAS QUE VENCER

Tanto el tormento de la mordedura,
como lo doloroso de la afrenta,
angustian al león: pierde el sentido;
se desmaya, inclinando la cabeza
contra el pérfido tronco; mas volviendo
en sí otra vez, le dice -¡Hombre! respeta
los decretos del cielo en la desgracia,
que hacer mayor pretendes con la afrenta.
Si acaso te es tan dulce la venganza
tienes tú, mano armada, y yo cabeza;
hiere al que ingenuamente reconoce
que a todo es superior tu inteligencia.
-No -dijo el hombre, entonces- ¡vive honrado!
Y al mismo tiempo, fácilmente suelta
al vencido león. Y sigue hablando:
-¡Mucha gloria es vencerte, noble fiera;
mas, sin comparación es más glorioso
el triunfo celestial de la Clemencia!


Fray Matías de Córdova

NOTA. Llenando, la fábula que antecede, las condiciones del poema, juzgué que la caracterizaba más, dividiéndolo en trece cuadros que facilitan su lectura y aprendizaje. Los números, y los títulos de ellos, no deben enunciarse en la recitación declamatoria, porque no son del autor, y porque entorpecería el curso armónico del recitado. Los antepuse para la lectura, pensando que ayudan a la comprensión y enlace de la fábula especialmente a los escolares y a quienes la lean por primera vez. Aunque las estrofas son desiguales, los cuadros las reúnen por ideas semejantes, quitando la dificultad contraria, que trae la forma usada, algo confusa, de reunir en un solo bloque, los cuatrocientos diez y seis endecasílabos de que consta toda la fábula. -Flavio Guillén-

Flavio Guillén
Un Fraile Prócer
y una Fábula Poema
Tomo I
Editorial "José de Pineda Ibarra"
Ministerio de Educación Pública
1966