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jueves, 1 de agosto de 2013

El Arriero

El Arriero guatemalteco


EL ARRIERO

Magra y requemada la figura, el sombrero de petate echado sobre la nuca, los ojos oscuros y lucientes bajo los gusanos de las cejas, altas polainas de timbre que le llegan arriba de las rodillas; firmes las riendas de cuero entre las manos talladas en madera de guayacán...

¿De dónde viene el señor arriero al acompasado tranco de su macho retino? Sibinal, El Tumbador, Olintepeque, Siquinalá, Los Encuentros, Acatenango, Masagua, Coyolate, El Jícaro, San Agustín Acasaguastlan... Bueno, ¿para qué hablar más, si él conoce esos y otros muchos lugares como la propia palma de sus manos?

-Adiós, amigo, ¿cuántas leguas me faltarán para llegar a San Rafael Pie de la Cuesta?

-Espere, a ver tantito, si... Cuatro cagadas de mula, usté; ni una más ni una menos. Cuéntelas bien, ya lo verá.

-Muchas gracias.

-No hay por qué darlas... Cuidado con el río, que a veces sabe venir mero bravo.

Los soles de la Costa Cuca lo vieron trotar por los caminos, sobrio e indiferente, tras su patacho de mulas cargadas de café en oro o pergamino; las aguas de los arroyos lo refrescaron con su canción de esperanza y las ceibas hicieron llover sobre sus hombros el níveo plumón de sus bayas; "las siete que brillan" fueron sus guías en la selva o entre los plantíos de maíz, cacao o achiote, y los animales de monte encendieron muchas veces las lamparillas eléctricas de sus ojos para verlo pasar; las lunas de la tierra fría lo contemplaron cargando a sus bestias en la madrugada, entre las neblinas de San Carlos Sija, Totonicapán  y María Tecún; las orejas de los palos de conacaste enrojecieron de vergüenza al oír sus ensartas de insultos para la venerable progenitora de uno de sus más mañosos semovientes...

Al llegar a la ciudad de Guatemala, en la que "todos los días del almanaque deben ser de fiesta" por la animación de sus calles, se sentía asombrado ante sus templos y sus almacenes de comercio; pero su alma rústica no se interesaba demasiado por esas maravillas, ya que para el arriero lo más importante de la capital eran los precios del arroz y la panela, los cajones de machetes, los tercios de lámina de cinc, los rollos de alambre espigado, las latas de fósforos, los tercios de petates tules y las cargas de papas, yuca, frijol y chile zambo...

 El arriero de mi estampa era cosario y malicioso como macho tuerto; muy aficionado a relatar cuentos de camino, mientras asaba, a la hora en que principian a parpadear las estrellas su lonja de sabrosa carne cecina o hacia hervir su café a la lumbre de una fogata, en compañía de boyeros y trajinantes. Y toda la historia sentimental de su rudo corazón estaba bordada con letras de lana, como un lema de amor y fidelidad, en el tapojo de la yegua madrina: "SOI DE LA NEGRA CHAYO".

Carlos Samayoa Chinchilla
Chapines de Ayer
Editorial José de Pineda Ibarra
Ministerio de Educación Pública
1960
Ilustración de Guillermo Grajeda Mena

jueves, 25 de julio de 2013

La Mengala


La Mengala

El talle de la joven mengala, a menudo juncal, iba por costumbre aprisionado entre un apretador de manta-dril que, al castigar las curvas, hacía plano y único su doble pecho de paloma de monte.

Todos los domingos y fiestas de guardar, con los pies desnudos y recién lavados, asistía a primera misa de la iglesia cercana, y por las tardes, según la época del año constituía la nota típica y abigarrada en las celebraciones de Corpus Cristi, rezados de diciembre, procesiones de Semana Santa o en los bailes de tacón de hueso.

Pasos elásticos y repentinos "azareyos"; pelo largo y trenzado con anchas tiras de listón; ojos pícaros y sin embargo, inocentes; risa en chorros de íes, y carnes de fina canela. Su presencia se anunciaba con un desplazamiento de aire fresco y un crujir de fustanes almidonados bajo la falda de indiana o percal, y su mayor orgullo estaba cifrado en ser la dueña de tres o cuatro chales con barba, de colores llameantes, de esos que llegaban a las tiendas de los chinos en cajas de reluciente y falsa laca.

Siendo niñera, lavandera, o diadentro de casa grande, abrigaba cierto orgullo de casta, por que a pesar de ser sirvienta, no "era natural" ni "tan dialtiro".

Generalmente era la secreta iniciadora de los niños mayores en los juegos de amor; sin embargo, a veces se mostraba muy chucana con los hombres maduros, cuando éstos, sin "caírle bien", se tomaban libertades antes de rascarle el ala como se debe, o sin lograr del todo su huraño consentimiento:

-¡No me jale así el rebozo, porque me lo va a rasgar, y si me lo rompe me lo paga... aloye!
-Una docena te compro chulada, y de pura seda...
-¡Hay don Tin, tan tentón...!  ¡A usté como que no le amarraron las manos cuando era chiquito...!

Frecuentemente, con dejos y suspiros de melancolía hablaba de su casa hecha de adobe y teja, en los alrededores de San Raimundo; del caballo moro que domó uno de sus hermanos para las fiestas de los Santos Reyes "ora para el 6 de enero que viene va ser tres años"; o del río lejano cuyos rumores añoraba, como si la madrugada aquella en que la sorprendió su primo Rogelio bañándose totalmente desnuda en una de sus pozas hubiera sido un inmenso caracol, y en él sus voces de alarmado pudor hubieran quedado para siempre sonando...

Carlos Samayoa Chinchilla
Chapines de Ayer
Segunda Edición
Editorial José de Pineda Ibarra
Ministerio de Educación Pública
1,968
Ilustración
Guillermo Grajeda Mena